lunes, 12 de febrero de 2018

Mi biblioteca



Hugo José Suárez

Los intelectuales latinoamericanos tenemos una relación perversa con los libros. Crecí al abrigo de una biblioteca familiar nutrida y generosa que contrastaba con la pobreza de la calidad y cantidad de libros que había en algún estante perdido de mi colegio -jesuita pero extrañamente negado a la lectura que sólo valoraba el deporte y la química- o en el empolvado y descuidado espacio donde el municipio albergaba algún título. La impronta estaba clara: tenía que hacer mi propia biblioteca, y así fue.

Empecé a estudiar sociología en México a finales de los ochenta. Mi condición económica no me daba para adquirir los libros que necesitaba, por lo que constantemente acudía a las fotocopias y sólo en ocasiones especiales podía comprarme un impreso. Mal que bien, entre materiales que de distintas maneras llegaron a mi departamento -desde herencias hasta regalos- armé una biblioteca personal.

Cuando acabé mis estudios tenía que volver a Bolivia, y todos mis enseres debían entrar en dos maletas. Recuerdo -y mi columna me lo refrenda constantemente- que mi equipaje de mano pesaba como 20 kilos de puros libros, e intentaba cargarlo sin inclinar el cuerpo para que no se notara el peso al transitar los interminables pasillos del aeropuerto (años antes de la era de las rueditas en los maletines).

Ese tipo de episodios los viví en varios de mis traslados, sean migraciones internacionales o cambios de departamento. La pregunta siempre fue qué hacer con mis libros, cómo transportarlos y dónde acomodarlos. Antes de partir a México por segunda vez hace una década, habida cuenta que me iba con toda mi familia, tuve que seleccionar muy estrictamente qué me podía llevar. Todo lo demás quedó en cajas en un depósito en casa de mi madre. Cada vacación que vuelvo a La Paz, abro con nostalgia la puerta del cuartito donde están apiladas las hojas de hojas que alguna vez leí -y trasladé- y que ahora sólo esperan que, algún día, puedan encontrar un estante a la mano. Ya casi ni recuerdo todos los títulos que ahí me esperan.

El caso es que actualmente tengo tres bibliotecas. La primera es la de la bodega paceña. La segunda se ubica en mi casa en el campo, mantiene relativo orden pero la humedad destroza lentamente las hojas. La tercera, más a la mano, me rodea en mi escritorio en la UNAM.

Tener libros -y ser fetichista con ellos como es mi caso- se ha convertido en un karma. Mis bibliotecas no siempre son funcionales, me ha pasado más de una vez que busqué un texto con la certeza de que por ahí estaba sin que aparezca hasta meses después de haberlo necesitado; o peor, comprar un título que ya tenía.

El otro problema es dónde colocarlos y cómo ordenarlos. Un tiempo atrás un colega me llevó a su biblioteca y sufrí una envidia sincera: todos sus volúmenes estaban registrados en su computadora y cada texto acomodado en una construcción ad hoc al fondo de su casa, en dos pisos de madera elegante y un escritorio iluminado. Me presumió -en buena forma-: nos sentamos en su computadora, escribió mi nombre en un programa de computación, me dijo cuántos libros míos tenía y me indicó exactamente dónde estaban. Un sueño.

En mi caso, los libros me comen, intento tenerlos más o menos ordenados pero no siempre lo logro. Mis bibliotecas me sirven en el momento en que estoy trabajando algún tema particular, pero el espacio que ocupan y los kilos que representan -cargados en algún momento de mi vida-, no sé si valen la pena. Y ni les cuento cuando pienso en la utilidad en el futuro de tanto papel, ¿eso les heredaré a mis hijas? Envidio a mis colegas que viven cerca de fabulosas bibliotecas, acostumbrados a traer y llevar textos sin tener que poseerlos, reservando su espacio personal o profesional sólo para unos cuantos y muy selectos documentos.


Pero bueno, mal que bien, soy de la generación del papel. Con el mismo angustioso placer con el que como chicharrón pensando en el colesterol, compro libros cada que puedo, voy a mi casa, los abro, los huelo, leo partes, y luego no sé dónde ponerlos. No tengo más que escribir mis tensiones, finalmente para eso están las letras. 

Publicado en el Deber 11/02/2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Y qué me cuenta del Perú?

Hugo José Suárez

Siempre me he preguntado por qué los paceños tenemos una relación tan distante con Lima y en general con el Perú. Cuando fui a Cuzco por tierra hace ya más de una década, comprendí que más que frontera, había una continuidad entre ambos países, la expansión de una misma cultura compleja con distintos rostros. Sin duda, una sola matriz. No pasa lo mismo con ninguno de nuestros vecinos, lo sabemos bien.

Unas semanas atrás conocí Lima poco antes de cumplir mis cincuenta años de vida. Desde joven había pasado por el aeropuerto internacional, de hecho mi primera salida al extranjero -hacia E.U.- fue por esa vía. Innumerables ocasiones estuve tentado de quedarme unos días, atravesar la puerta de ingreso en vez de detenerme en la sala de tránsito. Pero no, las razones para seguir mi rumbo sin interrupción siempre fueron mayores.

No entiendo la distancia que hemos creado con Perú. Los bolivianos conocemos más Buenos Aires que Lima, Santiago que Cuzco. Hace tiempo que debería haber programas sostenidos de intercambio y que la gran mayoría de paceños conozcamos Lima y viceversa. Hay una larga tradición histórica y cultural que deberíamos reforzar, somos, finalmente, dos caras de una misma medalla.

Decía que pude finalmente recorre Lima así sea a vuelo de pájaro. Debo aceptar que fue por razones de mercado -el precio de los pasajes bajaba si partía más tarde-, pero estoy contento de esos fabulosos empujones que a veces las compañías aéreas.

En mi corta estancia pude ver la formidable catedral, el Palacio de Gobierno, la Plaza San Martin y la zona de museos. También me subí a los autobuses entre el gentío y los movimientos muy similares a cualquier colectivo paceño. No más, sólo una miradita, aunque suficiente para tener certeza de que debo volver con mucho más detenimiento.

Lo más entrañable fue recorrer por el barrio de infancia de mi esposa, cuya familia salió exiliada en 1971 bajo la dictadura de Bánzer y vivió allá siete largos años esperando la caída del dictador. En ese tiempo hicieron amigos inolvidables, precisamente esta vez ellos, Juan Gargurevich y Pierina Liberti  nos alojaron en su casa (son de esas personas que uno agradece haberse encontrado en la vida). Comimos en el patio de su domicilio, ahí por donde pasaron tantos latinoamericanos y donde mi esposa todavía recuerda haber conocido a Benedetti cuando era niña.

Como no podía ser de otra manera, los Gargurevich nos regalaron dos libros notables: La razón. Crónica del primer diario de izquierda, del propio Juan, y La guerra senderista, de Antonio Zapata. El primer texto, que fue publicado por primera vez en 1977, analiza la faceta periodística de José Carlos Mariátegui y muestra cómo el diario La Razón le permitió un mayor contacto con sindicatos, luchas, huelgas, organización de mitines y construcción de un pensamiento marxista latinoamericano autónomo y lúcido. “A la vez -dice Gargurevich en el prólogo del 77 refiriéndose al sentido del libro- quiere ser una exhortación a los jóvenes periodistas a conocer la vida y huellas de aquel muchacho que de ayudante de linotipo llegó a ser director de un diario, grande en la historia, sin más fortuna que su empecinamiento y su talento. Y sin buscar más retribución que la revolución social”.

El libro de Antonio Zapata -publicado el 2017- analiza la dura experiencia de Sendero Luminoso. Lo hace con una claridad que se agradece; no levanta banderas ni las esconde, sobre todo privilegia la comprensión de un fenómeno buscando las razones y los puntos de vista cada quien y, de manera innegociable, tomando a las víctimas como el hilo de la interpretación.

En suma, mirar hacia nuestro vecino nos haría tanto bien. “¿Y qué me cuenta del Perú?” -frase que retomo de un diálogo en el libro de Gargurevich- debería ser una pregunta recurrente en nuestras conversaciones.



miércoles, 3 de enero de 2018

El WhatsApp entre nosotros



Hugo José Suárez

Si el creador de WhatsApp hubiera sido boliviano, seguro que la famosa aplicación se hubiera llamado “ComoEs” (para un paceño); si hubiera sido mexicano: “QuéPasó” o “quiubo”. El caso es que, más allá de dónde nació, hoy se ha instalado en nuestras relaciones ordinarias y todo indica que llegó para quedarse. Van tres manera de usarlo.

1.      Vivo en un edificio de clase media en Coyoacán, en la Ciudad de México. Durante dos años no he conocido a nadie más que a la administradora -a quien le tengo que pagar mensualmente el mantenimiento- y a una vecina que tiene hijas de la edad de las mías. Todo lo demás ha sido un educado intercambio que no pasa del “buenos días” que acompaña a una gentil sonrisa. Pero todo cambió cuando una revolucionara habitante tuvo un altercado con gente que se metió al estacionamiento: cuando intentó sacarlos se vio sola frente a personas alcoholizadas y sin tener mecanismo para solicitar ayuda. Tuvo la mejor ocurrencia de estos tiempos: crear un grupo de vecinos en WhatsApp.

Empezó a incorporarnos uno a uno interceptando a quien podía en las escaleras, hasta que todos quedamos en la red. Casualmente, días después vino el terremoto del 19 de septiembre, así que el grupo revolucionó nuestra comunicación. A la vuelta de los días, terminamos sabiendo quién era cada quién, tuvimos varias reuniones de vecinos, elegimos nueva directiva, nuevo tesorero, cambiamos el tanque de gas, solicitamos cuotas extraordinarias, abrimos una cuenta colectiva en el banco y nos contactamos con las autoridades para tener protección policial inmediata. Por supuesto que en medio hemos pasado del saludo forzado a los besos y abrazos en los encuentros de entrada y salida. La calidad de ser vecino se ha transformado; ahora vivo en otro lugar.

2.      La necesidad de comunicarse y la facilidad del uso de la aplicación, ha promovido una participación expandida a través de WhatsApp. Un amplio sector, de estrato popular, rural, de más de cuarenta años, que sólo tuvo estudios primarios, máximo secundarios, y que dejó la práctica de la escritura en los pupitres de la infancia, vio que a través del celular podía expandir sus relaciones e interactuar de distinta manera.

Así, con una escritura deficiente en sintaxis, ortografía y redacción, circulan intercambios donde el mensaje llega a su destinatario que, no sin cierta dificultad, entiende lo que el emisor quiere decir. En cierto sentido, más que devaluar el lenguaje, el uso del WhatsApp incorporó a un amplio grupo que había dejado las letras -fortaleciendo el lenguaje oral- y que ahora cotidianamente acude a la escritura para el trabajo o las relaciones personales. Sin duda que si esa plataforma fuera aprovechada por las autoridades culturales -en vez de escandalizarse por el mal uso de la lengua- a través de programas educativos, estaríamos en los albores de una revolución en la literatura con consecuencias muy positivas.
3.      Como llegué un poco tarde al WhatsApp, no tengo mucha familiaridad con algunas de sus potencialidades. Como ya lo he dicho, mantengo el formato epistolar tradicional: empiezo con un saludo formal, termino firmando con mi nombre y con una despedida educada; evito las abreviaciones innecesarias, el uso de caracteres que tienen otros significados, o repetir las letras o los apóstrofes para amplificar el sentido de una palabra (por ejemplo: “te extraño muuuuchooo!!!”).

Pero me queda claro que se me está yendo el tren al intercambiar con mis hijas usando los “emojis”. Ellas me explican que un mismo texto acompañado con una carita feliz, una triste, un dedo en alto (y depende si es el pulgar o el medio), un corazón o cualquier otro signo, cambiará radicalmente el mensaje. Si yo quise ser claro y dije algo con cierta contundencia, las mismas palabras pueden ser irónicas, graciosas, sinceras o denigrantes dependiendo del “emo” que las acompañe. Empiezo a utilizar algunos de esos signos para comunicarme con ellas, pero todavía no tengo la suficiente maestría.

El caso es que, como todos sabemos, la lengua está viva y se va modificando con los usos culturales locales, las generaciones, la tecnología. No queda más que estar atentos a los cambios y aprovecharlos, conscientes de que nos pueden traer gratas sorpresas si sabemos conducirlos. Termino con un diálogo con mi sobrina que, luego de una larga carta mía por WhatsApp donde me disculpaba por no podernos comunicar -ella vive en París-, sólo respondió: “holiii”, “yapi”, “tranqui”. Todo quedó claro.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Paseo por Buenos Aires

Hugo José Suárez

Debo admitir que siento una fascinación extraña con Buenos Aires. Es de lejos uno de los lugares que más me gusta visitar. Muchos dirán que lo mío no es más que una imagen turística y apresurada, pero me voy a permitir compartir mis impresiones en estas líneas.

Es curioso que una ciudad con millones de habitantes tenga un amplio anillo central generoso con el peatón. Caminar por las espaciosas veredas es agradable, la compañía de los autos no perturba, se respeta el cruce en las esquinas, los semáforos, los tiempos para cada quien. El transporte público es muy cómodo, uno se desplaza con facilidad. La cantidad de cafés en cada cuadra le da vida a la calle, convirtiendo el espacio público urbano en un lugar de encuentro, de intercambio, de deleite. Con unos amigos apostábamos a que uno puede dirigirse en cualquier dirección y caminará un buen tramo sin toparse con una horrible avenida que impida el tránsito o un condominio de puertas cerradas. Entretanto, la seguridad es razonable comparada con otros países latinoamericanos. La arquitectura, aunque descuidada en algunos lugares, guarda cierta homogeneidad y estética.

Mi contraste directo es la Ciudad de México -que amo y habito- y también es una urbe hermosa, pero cuyos desfases son desesperantes. Si desde el Zócalo uno camina derecho en cualquier dirección, las primeras cuadras serán esplendorosas, incomparables por su majestuosidad, pero no tardará mucho en toparse con una horrenda avenida que no le permita el paso, el deterioro irreversible de construcciones, comercio informal abrumador, las agresiones de coches o de otros peatones, sin contar el incremento de la inseguridad paso a paso.

Me pregunto qué hicieron en Buenos Aires para que la vida urbana sea tan cómoda, cuál fue la fórmula para conjugar el paso de los peatones, las necesidades de desplazamiento, la cotidianidad en el medio de una gran ciudad.

Entre mis visitas, me concentro en la inevitable escapada a la librería Ateneo, antiguo teatro hoy devenido en palacio de libros. El lugar es una maravilla, una invitación a caminar entre títulos y estantes, y detenerse, guiados por el azar, en un autor no programado. Como imaginarán, mi tarjeta de crédito sufrió los embates de mi paso por ahí. Salí con la bolsa llena.

Pero quiero concentrarme en un texto que me conmueve: El salto de papá (2017), de Martín Sivak. El autor escribió varios textos sobre Bolivia. Lo conocí cuando publicó El asesinato de Juan José Torres (1997) -hice una reseña años atrás-, luego se dedicó a la biografía no autorizada de Hugo Banzer (2001), y finalmente el exitoso retrato de Evo Morales: Jefazo (2008). En todo ese tiempo visitó muchas veces Bolivia, alguna vez se alojó en casa de mi madre y entrevistó a mi abuelo cuando todavía estaba vivo.

Pero este nuevo título, que lo compré sin dudar, es especial. Se trata de la narración sobre el suicidio de su padre, para lo cual revisa su pasado familiar, la historia del secuestro y asesinato de su tío, y en medio los entretelones de la dictadura y la democracia argentina. Su pluma ágil y la intención de llegar al gran público, hicieron que el libro se reedite cuatro veces en cuatro meses; un éxito impresionante. Aunque la verdad a mí me llama desde otro lado.

Resulta que tengo pendiente escribir un libro sobre la muerte de mi padre Luis Suárez Guzmán el 15 de enero de 1981 en manos de la dictadura de García Meza. Al leer a Sivak, sentado en un café de la Avenida 9 de julio, empezaba a hacer lo que sería el índice del texto pendiente. Con el libro de Martín en la mano, miraba con cierta admiración la posibilidad de sentarse frente a la pantalla y dejar que fluya una historia tan difícil como la muerte de papá. No sé si lo haré, si lograré atravesar la barrera de las emociones, o más bien si las podré organizar para que guíen mis palabras. Se verá, por lo pronto las letras de Sivak me hicieron fantasear en el proyecto todavía no cumplido.


El caso, como decía, es que Buenos Aires es una ciudad maravillosa, provocadora y desafiante.

Publicado en el Diario el Deber, 03/12/17

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El azul de La Habana



Hugo José Suárez

Un amigo me lo advirtió: en cuanto termines de leer la primera página de alguna novela de Leonardo Padura, sentirás el calor de La Habana y empezarás a sudar. Me parecía una exageración, pero no fue así. El autor cubano tiene muchas virtudes, una de ellas es su capacidad para transportarte al ambiente caribeño con una precisión sensorial que asombra; todo con palabras. Casi sin darte cuenta, con las primeras letras te sientes en el malecón respirando aire húmedo.

Tenía enorme curiosidad por conocer al premio Princesa de Asturias 2015, aquél que afirma que escribir es “algo tan sagrado como doloroso”, así que cuando supe que la UNAM le otorgaría el doctorado honoris causa (2017) y que iba a dar una charla en el Centro Cultural Universitario, bloqueé mi apretada agenda para ir a escucharlo.

Su conferencia se concentró en la construcción de la idea de ciudad desde la narrativa, pensando, desde luego, a partir de los escritores cubanos. Ya había leído algo suyo sobre el tema en Vientos de Cuaresma, de donde me guardé la frase: “Y aunque me quiera rebelar, esta ciudad me tiene agarrado por el cuello y me domina, con sus últimos misterios” (p. 138). Me llamó mucho la atención un artículo llamado precisamente La ciudad y el escritor (Milenio 19/08/2017) en el cual contaba su compromiso innegociable con La Habana. Desde sus abuelos, decía, pertenece no sólo a esa urbe, sino a su barrio del cual no quiere moverse. Imposible pensarse afuera.  

Me sorprendió su manera de entender la isla como introspección. Yo como paceño siempre he asociado el mar con la libertad, pero Padura entiende la playa como frontera, como muralla, como el límite de su horizonte. Nosotros que vivimos en la montaña, tenemos algo en común con los isleños. La isla y la cueva son, al final del día, un mismo tipo de aislamiento, una manera similar de vivir un encierro.

Pero volviendo al escritor, cuando leí sus textos me sorprendió su capacidad de observación aguda. Su fabuloso personaje, el detective Mario Conde, utiliza la plataforma de una trama típica de detectives para penetrar en los pliegues más recónditos de la sociedad cubana, esos que el régimen oculta y que la crítica norteamericana jamás alcanzará a ver. Sólo él, un cubano de verdad, puede mostrar la corrupción, la miseria de las formas políticas ordinarias, las contradicciones de un proceso político y social con tantas aristas. Sólo él puede decir, por ejemplo, algo así: “Demasiado calor en este país para que germine la filosofía” (Vientos de cuaresma, p. 120). Y en medio la vida cotidiana.

Pero además el autor logra meterse a dimensiones más complejas de la fabricación de personas y personalidades. En su libro El hombre que amaba a los perros, donde narra paso a paso la vida de Ramón Mercader, el infiltrado estalinista que mató a Trotsky en México en 1940, analiza una trayectoria compleja del militante y espía que la historia construye con un solo objetivo, que, por cierto, lo cumple a cabalidad. En esa triste narración se desnuda la militancia tan romántica como ortodoxa que puede terminar tocando -y abriendo- cualquier puerta.

Confiesa Padura que sus letras son el resultado de su pasado: “Un escritor es un almacén de memorias. Se escribe hurgando en la memoria propia y en las memorias ajenas, adquiridas por las más diversas estrategias de apropiación. A partir de ahí, el novelista crea un mundo” (Milenio 19/08/2017). Cuenta que aprendió el oficio primero trabajando, como García Márquez, en la prensa; desde ahí tiende el paralelo entre ambas profesiones siamesas, aunque la diferencia, dice, es que en la literatura hay una complicidad entre el lector y el escritor: ambos saben que están metidos en una gran mentira.


Pero vuelvo a su ciudad, y a la mía (La Paz). En 1992 visité La Habana y tomé una foto desde la ventana de mi habitación en el hotel: es la vista del mar a lo lejos, se interpone una construcción pintada de blanco y celeste, al fondo agua y cielo sólo se diferencian por el tono. La titulé “azul”. Casi diría que mi foto soñó una frase de Padura con la que me encontré dos décadas más tarde: “Una ciudad son también sus sonidos, olores y colores: mi Habana suena a música y autos viejos, huele a gas y a mar, y su color es el azul” (Milenio 19/08/2017)

Publicado en el Deber 19 Noviembre del 2017