lunes, 27 de febrero de 2017

La historia de Carmela


Llegó, a ojo de buen cubero, con 14 años encima a la finca de mi tío en Yungas, habrá sido a mediados de los cuarenta del siglo pasado. Era de corta estatura y generoso volumen, morena, cabello negro como sus ojos. Risueña, agradable e inteligente, se quedó a trabajar en casa y no se separó de la familia hasta su muerte. No conocía su historia, ignoraba todo dato de su pasado, así que decidió crearse una vida y nutrirla con todo lo que se encontraba en el camino.  
Empezó buscando un apellido. Mi abuelo tenía un grupo con el que jugaba regularmente ajedrez en casa, todos caballeros ilustres de la época; uno de ellos se llamaba Aurelio Calderón de la Barca. Cuando Carmela escuchó el apellido, quedó encantada y decidió adoptarlo. Ya tenía un nombre completo: Carmela Calderón de la Barca. Pero todavía quedaban espacios libres para llenar un carnet de identidad. Supo que el festejo de la Virgen del Carmen es el 16 de julio, además, día de La Paz; todo cuadraba: tuvo fecha de nacimiento. Lo del año y demás detalles faltantes fueron resueltos frente al notario del pueblo.
Carmela fue niñera cuando mi madre era pequeña y luego pasó a ser empleada doméstica. Mi abuela tenía la costumbre de enseñar a las sirvientas a nadar, bordar, leer y escribir. Carmela fue muy buena alumna, aprendió todo menos las letras, por ello no podía leer una receta, lo que no le impedía aprenderlas de memoria. Su proceso pedagógico no reposaba en la libreta de anotaciones, sino en la experiencia, acuñó una máxima que luego repetimos en la familia hasta el cansancio: “No me digas cómo hacer, haremos”. Y claro, una vez aprendido el procedimiento, no se le olvidaba más.
En una ocasión, mis padres discutían a puerta cerrada. Entró Carmela y subiendo el tono y con el dedo índice alzado, se dirigió a mi padre: “No le vas a gritar, porque esta es una niña, y a mi niña nadie le grita”. Desde entonces bajaban la voz cuando discutían para impedir que volviera a intervenir. 
Le gustaban las fiestas y los alcoholes, cada que llegaba una celebración religiosa, desaparecía por tres días y volvía con los ojos demacrados, mostrando el dejo de la fiesta. Y claro, luego llegaban los hijos y Carmela no podía identificar con claridad al padre, el cálculo era: si nace en febrero, fue la fiesta de tal Virgen; si es en marzo, entonces es de otra. 
Durante la dictadura, todos dejamos mi casa de San Miguel por temor a que los paramilitares fueran a buscar a mi padre y arrasaran con todo. Le pedimos a Carmela que también dejara el domicilio porque no era seguro. Batalló, no quería separarse del hogar, tuvimos que convencerla de la brutalidad del régimen. Aun así, en el tiempo que estuvimos fuera, todos los días iba a ver si la casa seguía en pie.
Tuvo una relación estrecha con mi abuela y mi madre –y de paso con nosotros-.  Se trasladó a Cochabamba a acompañar a su hijo. Un día se enfermó, fue al hospital y murió pidiendo ver a “mi madrina de La Paz”. Nos enteramos tarde de la partida de Carmela Calderón de la Barca, se fue con muchas historias, recuerdos y cariño.
Para terminar, ¿por qué escribir sobre Carmela y no sobre el Museo de Evo Morales que ha llenado las planas las últimas semanas? ¿Quién merece un museo? ¿El presidente en turno preocupado por custodiar los regalos recibidos en sus años de gloria y presumir las poleras con las que jugaba fútbol o las miles de Carmelas que son el corazón de nuestro país?


Publicado en el Deber 12 /02/2017

Todorov Cruzando fronteras


domingo, 19 de febrero de 2017

lunes, 13 de febrero de 2017

Pensar la nación


Hugo José Suárez
Claudio Lomnitz (1957, profesor de la Universidad de Columbia) es uno de los autores cuyos libros compro prácticamente sin mirar el título, sé que sus letras están garantizadas. Así me pasó con La idea de la muerte en México (F.C.E. 2006), El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Era, 2016), y varios más que guardo en lugar especial. Unos meses atrás me encontré en una librería de Coyoacán con La nación desdibujada, México en trece ensayos (Malpaso, 2016); sin pensarlo, casi hipnotizado, minutos más tarde me vi frente al cajero. Y no me arrepiento.
El texto reúne documentos de distinta naturaleza que giran alrededor de una sola intención que explica el autor en el segundo párrafo: “El libro es una invitación a pensar la cuestión nacional contemporánea y ofrece al lector varios de los puntos de entrada por donde yo he procurado sondear de una temática que es de suyo polifacética” (p. 5).
El primer valor del documento está en recuperar los escritos paralelos a la producción académica formal en un solo volumen con un hilo conductor. Ahí uno se puede encontrar con un ensayo, una conferencia, un prólogo, un artículo. Se trata de recuperar las reflexiones que por distintas razones acaban desperdigadas en múltiples soportes y cuya compilación facilita su acceso a los lectores y permite comprender mejor el pensamiento de un autor.
También se agradece poder leer al universitario en sus episodios más personales, que a menudo se pierden –acaso se ocultan- en las grandes obras. Por ejemplo, Claudio explica que redactó esas letras porque migró a Nueva York en 1988 desarraigando a su familia: “Mis hijos a veces resentían esa decisión, y la cuestionaron en varios momentos. Quise escribir un libro acerca del México de los años ochenta para que ellos comprendieran algún día el contexto en que los había desarraigado” (p.8). En la misma dirección, en el apartado “A caballo en el río Bravo” el autor narra su trayectoria personal, su vida en Santiago de Chile –donde nació-, su llegada a México, sus estudios de antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, su migración a la academia norteamericana, sus lecturas, su relación con sus padres. En suma, como bien sugería George Deveraux hace tiempo, no se oculta bajo la alfombra. Por el contrario, sus experiencias, sus miedos, sus apuestas están sobre la mesa y permiten comprender más sus escritos.
El documento muestra otra manera de analizar lo social no acudiendo solo a los lugares comunes y grandes nombres sobrados de legitimidad. Un ensayo sobre Octavio Paz convive con una reflexión sobre las “travesuras de Memín Penguín” –caricatura de los años 50 en México-; con la misma soltura habla de Oscar Lewis –autor del clásico Los hijos de Sánchez- que de Mamá Rosa -mujer responsable de un albergue para niños en Michoacán intervenido por autoridades federales-.
Son muchas más las virtudes del libro, a quien quiera leerlo, le recomiendo que empiece por el apartado “A caballo en el Bravo”, pues se encontrará con Lomnitz en sus hazañas vitales y sus vaivenes académicos. Verá con mayor claridad por qué escribe a galope entre la Ciudad de México y Nueva York, por qué se siente propio y ajeno en ambos lugares. Y sugiero continuar con el Bonus: “La etnografía y el futuro de la antropología en México”, para tener clara la importancia de la antropología, de mirar los datos más allá de los números, de darse el tiempo para convivir y pensar. Entenderá que escribir, describir y descubrir forman parte de un mismo proceso, y que toma tiempo, esfuerzo y mucha pasión. Luego se puede transitar por cualquiera de los capítulos; no dudo que, cuando concluya, el lector quedará satisfecho de haber compartido unas horas con un autor indispensable.
Publicado en el diario "El Deber" 



domingo, 5 de febrero de 2017

31 minutos en concierto

Hugo José Suárez

El programa de televisión chileno para niños 31 minutos (que empezó sus emisiones en el año 2003) es de lo mejor que ha pasado por la pantalla chica. Sus personajes, que son títeres sencillísimos, evocan la vida al interior de la tele desde una posición crítica que deja al desnudo lo frívolo y patético del discurso emitido desde los lujosos estudios que caracterizan ese mundo. Es el mejor intento de criticar la tele desde la tele, usando los recursos más simples y teniendo la imaginación como divisa principal.
En un momento en el que el aparato mediático se había convertido en el lugar de legitimidad del discurso neoliberal, de promoción de figuras vacías de farándula que alcanzaban la gloria y la fama en unos meses, de venta de productos inservibles con fantásticas publicidades que ocultaban la miseria de lo que vendía, y un largo etcétera que caracterizó la televisión chilena –y la latinoamericana con honrosas excepciones-, 31 minutos apostó por lo contrario: un programa hecho con calcetines con botones y material de reciclaje, con alto contenido crítico, mucha música e inteligencia.
Los directores entendieron bien que no es necesario apagar la tele para criticarla, sino que uno se puede meter a la entraña del monstruo y desde ahí disparar contra el sistema con mayor eficacia. Comprendieron también que un programa para niños no sólo es para ellos –como Los Simpson-, o más bien no es privativo para los adultos. Tuvieron claro que los niños no son idiotas ni humanos incompletos a los que hay que hablarles como subnormales, que son seres muy listos, exigentes, sinceros y entretenidos.
Hace unas semanas tuve el gusto de asistir a un concierto de 31 minutos en la Ciudad de México. En cuanto vi anunciada su presencia, compré boletos para mí y mi familia, seguro de que mis hijas la pasarían tan bien como yo. Y así fue.
Llegamos temprano, yo tenía muchas preguntas sobre cómo sería el show, pues se trata de un programa de títeres que pasa en televisión, ¿qué harían en un teatro tradicional? Nuevamente su creatividad me cautivó. El escenario estaba dividido en dos, adelante los músicos, y atrás el lugar para los muñecos. A los costados, dos pantallas. Uno podía seguir el espectáculo sea por la pantalla gigante, o dirigir la mirada al primer o segundo escenario. Construyeron una historia con el personaje principal –Tulio, un vanidoso conductor de noticiero- que era una sátira al delirio de grandeza de quienes trabajan diariamente en ese medio, e introdujeron sus magníficas canciones en el relato. Tuvieron al público mexicano aplaudiendo, gritando y cantando, especialmente cuando al interpretar “Diente blanco no te vayas” la empalmaron con el estribillo “Dime cuando tú vas a volver” de la canción Querida, del compositor recientemente fallecido Juan Gabriel, lo que fue motivo de algarabía general en todo el auditorio. Cada minuto de 31 minutos fue excitante, un deleite, una fiesta de la creatividad y la crítica lúcida.
Volví a casa –luego de atravesar, a la salida del concierto, por los mercaderes que vendían todo tipo de recuerdos a precios descabellados- a seguir escuchando canciones y charlar con mis hijas sobre el contenido y no dejar de admirar a esos maravillosos productores que supieron combinar Mafalda con el Show de los Muppets. Por suerte, la imaginación no tiene límites y no necesita más que entusiasmo y libertad para fluir. Quizás esa es la mejor enseñanza de 31 minutos.

Publicado en el diario "El Deber"