domingo, 23 de julio de 2017

Adiós a Peter Berger, constructor de la sociología. Fallece el autor de La construcción social de la realidad.



Hugo José Suárez



Nació en Viena en 1929 en el seno de una comunidad de tradición protestante, lo que marcó sus intereses y formación durante toda su vida.

Le tocó ver los horrores de la Segunda Guerra Mundial, migró a Estados Unidos antes de cumplir los 20 años y adquirió rápidamente la nacionalidad americana. Empezó la carrera cursando una maestría y un doctorado en The New School of Social Research en Nueva York; luego de varios tránsitos se instaló como profesor en la Boston University, donde creó y dirigió un instituto dedicado al estudio de asuntos culturales y religiosos.

A lo largo de su carrera, Berger publicó una treintena de libros sobre la teoría sociológica, la religión y los valores, pero el indiscutible título que marcó la reflexión de las ciencias sociales fue La construcción social de la realidad -en colaboración con Thomas Luckmann- que apareció en 1966 y rápidamente se convirtió en un joven clásico ineludible. La intención fundamental de su libro fue mostrar que la sociedad -y todo lo que ella contiene- es el resultado de una construcción compleja: "toda sociedad humana es una empresa de construcción del mundo”.

Explicó las tres dimensiones clave: la externalización, la objetivación y la interiorización, y le dio un lugar central a la vida cotidiana, a la subjetividad y al lenguaje para comprender la colectividad.

Este impulso intelectual estuvo acompañado de un segundo libro al año siguiente: El dosel sagrado. Se trata de un volumen, ahora de autoría única, donde se concentra en la religión como construcción humana. Aborda los temas clave como la producción y reproducción de la cultura, la secularización, la individuación, la diversidad, etc.

Ambos textos constituyen una innovación teórica que permiten acercarse al problema de la subjetividad como un tema central de la sociedad y como el resultado de la acción del ser humano en su entorno.

Pero de tantas obras e ideas, debo confesar que la que más me atrapó fue un libro previo titulado Invitation to Sociology: A Humanistic Perspective, de 1963, traducido al castellano como  Introducción a la sociología. Se trata de una auténtica invitación con todas sus implicaciones, son letras que no aleccionan, seducen. Me quedo con algunos fragmentos que siempre llevo de cabecera cuando se me pregunta sobre mi oficio:

"La sociología será satisfactoria, a la larga, sólo para aquellas personas que no pueden pensar en otra cosa más fascinadora que observar a los hombres y comprender las cosas humanas… La sociología es un pasatiempo individual en el sentido de que algunas personas les interesa y a otras les aburre. A algunas les gusta observar a los seres humanos, a otras experimentar con ratones...

La sociología se parece más a una pasión. La perspectiva sociológica es más similar a un demonio que se apodera de nosotros, que nos empuja apremiadamente una y otra vez hacia las preguntas que le son propias”.

Peter Berger, autor enorme que abrió pistas en la disciplina, murió en junio del presente. Hará falta.


 Nos deja su obra.

lunes, 17 de julio de 2017

Capitalismo de segunda


Capitalismo de segunda
Hugo José Suárez

He leído a muchos autores que explican que la economía mundial funciona en buena medida a partir del internet, que la compra-venta de productos por ese canal es impresionante, fácil, ágil y seguro. De hecho, tengo la grata experiencia de haber usado ese medio cuando viví en Nueva York: adquirí desde zapatos hasta computadoras y todo llegaba a la puerta de mi casa. Así que decido comprar un teclado musical para mi hija, pagar con tarjeta de crédito y recibirlo unos días más tarde. Finalmente, radico en México, país que se jacta de tener un mercado moderno y al hombre más rico del mundo entre sus ciudadanos. 
Me recuesto en mi cama y desde mi iPad empiezo la operación como lo hice tantas veces en otras ocasiones. Busco el instrumento en varias páginas web, encuentro una oferta en una de las tiendas más reconocidas, un sello mundial que se presenta diciendo ser la empresa que ofrece el mejor precio. Procedo, doy mi dirección, los datos de mi tarjeta, correo electrónico, etc., y aprieto el botón clave: comprar. Minutos después recibo la notificación de que el pedido va en curso. 
Hasta aquí todo va bien, pero olvidé que estamos en México… Al día siguiente me hablan del banco a mi celular, me dicen que si soy yo el que hice la compra y por razones de seguridad me piden una serie de datos. Estoy manejando, así que les digo que devolveré la llamada en una hora, cuando esté en un lugar más adecuado. Lo hago, respondo todas las preguntas para que tengan la certeza de que quiero el teclado para mi hija.
Pasan dos días y no tengo noticias, ni de la tienda ni del banco. Me contacto con el comercio y me informan que mi pedido se canceló por problemas de con el banco, les hablo y me aseguran que ya liberaron el pedido. Vuelvo a la tienda y me confirman que, por más que la tarjeta esté aprobada, el sistema -el famoso, oscuro, caprichoso y temperamental sistema- la rechazó y que tengo que volver a hacer el pedido (claro, si no llamaba, no me hubiera enterado de nada).
Repito la operación. Me recuesto en mi cama con mi iPad, busco el producto, etc., pero claro, la promoción ya pasó y ahora está más caro, ni modo. En el último paso, cambio de tarjeta y aprieto la indicación clave: comprar. Me rechaza. Lo intento nuevamente con otra tarjeta, nada. Me comunican que existe un teclado en la sucursal que queda a una hora y media de mi casa, son las seis de la tarde, cierran a las ocho, tendría que atravesar la ciudad. No tiene ningún sentido.
Al día siguiente, tomo conciencia de que estoy en México, donde todo funciona a medias pero con la fachada de “empresas de clase mundial”. Voy al centro comercial más cercano, veo, escucho, tiento el teclado en cuestión, pago en efectivo -a precio más elevado- y me lo llevo a casa. Algún día escribiré un libro -pensando claro en Ibargüengoitia- que titule: “Instrucciones para vivir en un capitalismo de segunda”.   

PD. No quiero irme sin dejar mi palabra solidaria para Rafael Archondo y Pablo Solón, personas honestas, íntegras y progresistas. El acecho por parte de las autoridades no es más que una triste muestra de que el poder ha perdido la brújula, ojalá que la encuentre antes de que sea demasiado tarde. 

Publicado en el Diario el Deber. 16/05/17

martes, 4 de julio de 2017

Los rostros del colonialismo


El desarraigo. La violencia del capitalismo en una sociedad rural.
Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad.
Siglo XXI,
Buenos Aires, 2017.



Hugo José Suárez
La editorial Siglo Veintiuno de Argentina -que tiene títulos especialmente sugerentes- ha puesto en circulación uno de los primeros escritos de Bourdieu y Sayad. Se trata de una investigación llevada a cabo a finales de los 50 y principios de los 60 del siglo pasado que apareció publicada inicialmente en 1964 por Les Editions de Minuit en Francia, al año siguiente se cuenta con una versión de Nova Terra en Barcelona, y recién en el 2017 sale a la luz el título en una casa editorial latinoamericana.
Se sabe que Argelia fue el primer lugar de trabajo de investigación de Bourdieu, entonces filósofo, donde tuvo que comprender una sociedad en profunda transformación atravesada por un contexto de guerra. El joven y brillante estudiante de la prestigiosa escuela parisina tenía que poner a prueba sus conocimientos abstractos para ver si realmente eran eficaces; munido de sus lecturas filosóficas y sus referencias etnográficas, su confrontación con la realidad lo llevó a construir el primer esbozo de su aparato teórico sociológico, que años más tarde se constituiría en una de las principales corrientes contemporáneas. Bourdieu afirmó muchas veces que fue gracias a su estancia argelina que pudo emprender su proyecto intelectual en todas sus dimensiones.
El libro analiza “los estragos ocasionados por los reagrupamientos de población [que] son, sin duda, los más profundos y de mayores consecuencias a largo plazo de cuantos ha sufrido la sociedad argelina entre 1955 y 1962”. Estos desplazamientos forzados impulsados por la política colonial del momento provocan rupturas, tensiones, reorganizaciones de la sociedad rural con consecuencias económicas, laborales, habitacionales y simbólicas. En los capítulos se transita por las tensiones de ser “ciudadano sin ciudad” o “campesino descampesinizado”, las consecuencias de la imposición sistemática de “una organización idéntica del habitad, incluso en las regiones de más difícil acceso” (p.47), la tensa relación y contradicción entre “los modelos de comportamiento y el ethos económico importados por la colonización, [que] coexisten -en cada individuo- con los modelos y el ethos heredado de una tradición ancestral” (p. 201). En suma, las angustias de una modernización forzada que provoca miseria y desfases insalvables.
Leído en la distancia, el documento pone varios temas sobre la mesa. Primero, es una apuesta por un tipo de sociología pegada al dato y que no escatima en el uso de toda fuente siempre que refuerce el argumento y la explicación. Así, se toman cifras estadísticas, mapas o testimonios con igual seriedad; de hecho en ese tiempo Bourdieu construye un acervo fotográfico que sería publicado luego como Imágenes de Argelia (2003). Por otro lado, como lo dice Amín Pérez en el excelente prólogo, Bourdieu y Sayad hacen sociología pura y dura recolectando información en calles y campos cuando la violencia está en su momento más dramático. No es una reflexión de biblioteca y seminario universitario, todo lo contrario: diariamente sufren los embates de la guerra lo que obliga a la reflexión sobre la dimensión política de toda investigación; esta situación impuso una profunda reflexividad constante y, lo subraya Pérez, la “apuesta indisociablemente científica y política” (p. 14). De varias maneras, esta propuesta irá cobrando cada vez más forma en la relación de Bourdieu con lo público y el compromiso social, lo que se recoge en un libro posterior intitulado Intervenciones (2002). Por último, esta obra se ocupa del tema de la colonización, de la imposición los sectores dominantes locales vinculados a intereses y lógicas imperiales que arrasan con su población acelerando el proceso capitalista a toda costa. Leído desde América Latina, la colonización argelina y las consecuencias analizadas por los autores tienen mucho qué dialogar con la experiencia de este lado del planeta. De hecho, es una lástima y difícil de entender que un libro tan pertinente y útil para nuestro contexto, haya tenido que esperar más de medio siglo para ser publicado por este rumbo. Habla mal de nuestra política editorial y del diálogo entre experiencias de dominación y resistencia en el sur.

El desarraigo es sin duda uno de los textos indispensables para comprender mejor la sociedad contemporánea, y para impulsar una sociología lúcida y políticamente transgresora.
Publicado en Diario Pagina Siete 02/07/17 

lunes, 3 de julio de 2017

El demonio llamado política


Hugo José Suárez

Una de las deudas conmigo mismo es escribir un libro sobre la política. Suena pretensioso, más para alguien que no ha trabajado seriamente el tema, pero la idea no es elaborar un complejo tratado trayendo conceptos y discutiendo con autores que harto, acaso demasiado, se han ocupado de ella. Lo que quiero hacer es una reflexión personal, con base en mi propia trayectoria.

Sucede que estuve involucrado en el ejercicio de lo público desde mi infancia, pues mi padre, comprometido con el quehacer nacional, luchó contra la dictadura en los setenta, en aquellos años en los que alzar la voz por la democracia implicaba arriesgar el pellejo -como bien diría Mauricio Lefebvre-, y fue asesinado en 1981. También quisiera traer a la memoria los meses y años posteriores, cuando mi hermana y yo le pedíamos a mi madre, con voz entrecortada, que no se metiera en política por temor a perderla.

En el libro que ahora anuncio como embrión, quiero recordar ese primer momento, los diálogos, los miedos, las pasiones, las emociones. Luego buscaré concentrarme en las varias ocasiones en las que me invitaron a candidatear para algún puesto, en las campañas que participé, en las decepciones y los asombros. En los varios cantos de sirenas que llegaron a mis oídos y mi constante esfuerzo -nada fácil- por desoírlos.

Un episodio fundamental tendrá que ser mi encantamiento por el Proceso de Cambio, mi militancia por el mismo y la defensa a capa y espada de Evo Morales en cualquier palestra. Pero tendrá que ir acompañada de la reflexión crítica posterior, de mis dudas, de mi suspicacia y de las evaluaciones más mesuradas no al calor de “patria o muerte”, de la idea de “amigo-enemigo”, o peor del papanatismo –definido por la RAE como “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica”-, sino desde la distancia del tiempo y del espacio, y sobre todo desde el no haber atravesado por el ejercicio del poder. El capítulo final estará dedicado a reflexionar sobre el rol del intelectual y su relación con la política.

Esta intención que me viene rondando hace un buen tiempo se vio reanimada al leer un episodio del historiador marxista Eric Hobsbawm en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Ed. Crítica, Barcelona, 2003). El capítulo 9 titulado “Ser comunista” está dividido en dos partes, primero cuenta la experiencia de quienes adhiriéndose a esta doctrina no atravesaron por el ejercicio del poder, y, en la segunda parte, se refiere a quienes sí lo hicieron: “ellos no eran ajenos al poder, eran el poder; no eran la oposición, sino el Gobierno, a menudo de países donde no eran del agrado de su población. La policía no era su enemigo, sino su agente. Y para ellos el futuro glorioso tras la revolución no era un sueño, sino una realidad” (p. 138).

Sobre la primera opción, Hobsbawn dice: “El poder no corrompe necesariamente a las personas en cuando individuos, aunque no resulta fácil resistirse a esa corrupción. Lo que hace el poder, especialmente en tiempos de crisis y de guerra, es obligarnos a realizar actos que son inaceptables cuando los lleva a cabo un particular, y a intentar justificarlos. Los comunistas como yo, cuyos partidos nunca subieron al poder ni se vieron involucrados en situaciones que requieran decisiones acerca de la vida y la muerte de los demás (la resistencia, los campos de concentración), lo tuvimos más fácil” (p. 127).


Me quedo con esa última reflexión. Parte de mi “ventaja” es que nunca ocupé un cargo público, nunca tuve deudas con un líder ni subordinados, nunca debí guardar fidelidades que me lleven a oscuros laberintos de intercambios de favores y complicidades. Cierto, diría con Hobsbawn que la “tuve más fácil”, y la verdad, con tanta agua recorrida bajo el puente, creo que fue lo mejor.    
  
Publicado en el Diario El Deber 02/07/2017