lunes, 14 de agosto de 2017

Me vale madres


Hugo José Suárez 

En el largo pasillo que desemboca al atrio de la iglesia dedicada a la Virgen de la Salud, en Pátzcuaro (Michoacán, México), se encuentran varios puestos de venta que alternan artículos religiosos con productos alternativos para la salud. En los primeros, como siempre, hay imágenes de Jesucristo en sus distintas versiones, del popular San Judas Tadeo, por supuesto de la Virgen de Guadalupe, además de Niño Dios, de Virgen de la Salud -entre otros-; todo rodeado de cirios, rosarios y crucifijos.
Es que el mercado religioso compite, en igualdad de condiciones, con la variada oferta de medicina tradicional con innumerables funciones: aceite de pino (tos, asma, bronquios), jarabe de achoque (anemia), gotitas para los ojos (carnosidad, vista cansada, ardor, comezón), semilla de zopilote (obesidad, diabetes), pomadas para barros, espinillas, hongos, hemorroides, gel de peyote con marihuana (torceduras, dolor de rodillas, nervio ciático), jugo de maguey (colitis, úlceras, próstata).
Entre tal variedad, la farmacia para el cuerpo y el alma tiene también un producto que no había visto antes -claro, el mercado es muy dinámico-: “Me vale madres”. Viene en dos tamaños, uno es extracto con 60 ml, y el otro son 60 cápsulas de 650 mg cada una. Se lo vende en una cajita típica de medicina, naranja, que tiene en un costado un perfil humano azul donde se resaltan con colores fuertes las diferentes partes del cerebro. Dice: Reforzado con flor de magnolia, original, 100% natural. Según el instructivo de la caja, la medicina tendría que curar tensión nerviosa, falta de sueño, cansancio y agotamiento, dolor de cabeza, mala memoria, mal carácter, migraña, estrés, depresión, ansiedad, irritabilidad, relajante. 
En México la expresión “me vale madres” es grosera (pero puede ser peor: “me vale verga”), no suele estar dirigida a una persona -aunque eventualmente sí-, sino que más bien es una especie de declaración ante la vida. Es una afirmación contundente que denota ausencia total, radical, de importancia respecto de algún tema particular (el equivalente en Bolivia sería: “me importa un carajo”).
En múltiples ocasiones me he encontrado con nombres de productos especialmente llamativos con interés comercial: alguna vez he comprado unos chocolates -deliciosos por cierto- llamados “pedo de monja”. Lo importante aquí es que el producto curativo es el resultado de una “afinidad electiva” -para ponernos sociólogos- entre la medicina tradicional y sus múltiples ofertas para atender los males del cuerpo, el lenguaje popular mexicano, y el espíritu de época con una interpretación del “buen vivir” que debe combatir el estrés, la depresión y hasta el mal carácter. Es una especie de compleja combinación entre la cultura oriental de la armonía y el equilibrio -muy yoga-, la afirmación mexicana de mandar todo al diablo, y el uso de hierbas para curar cuerpo y alma.


Unos años atrás en una farmacia en Nueva York encontré pastillas que traían cafeína y eran para curar el estrés. Cada cultura tiene sus maneras de resolver sus angustias existenciales; en el caso mexicano, sucede de la mano de la oferta religiosa. En fin, volviendo a la sociología, todo producto busca satisfacer la necesidad de una población, así que “me vale madres” es un signo de los tiempos de la sociedad actual. Juro que la próxima vez me compraré el tónico, cualquier rato lo puedo necesitar y conozco varios a quien regalar.  

Publicado en el Diario el Deber 13/08/17

jueves, 10 de agosto de 2017

Dilogar con Zizek


Hugo José Suárez Sociólogo

Leí una entrevista a Slavoj Zizek muy interesante. Tengo cierta reticencia a los autores estelares encargados de nutrir, alimentar y reproducir utopías a públicos ávidos de "profetas sociales” (como decía Bourdieu).

Además, el estilo espectacular de Zizek aveces me da desconfianza -es un "show-man” de las ideas-. Por eso reproduce en mi muro de "Face” hace unas semanas una crítica de Antonio Muñoz Molina en El País comentando la visita del filósofo a Madrid y su impacto, recordando su propio pasado cuando recibieron a Althusser con igual entusiasmo décadas atrás.

Pero, dicho lo anterior, quiero referirme a reflexiones que me han invitado a dialogar -que de eso es de lo que se trata- aparecidas en una entrevista a Zizek publicada en el suplemento del periódico mexicano Milenio (15/07/2017).


Juegos modernos

El filósofo reflexiona sobre la necesidad de considerar los distintos insumos de la globalización y de la tecnología como oportunidades para la creación y la crítica. Se refiere a un juego sobre Chernóbil hecho por ucranianos, donde existen los monstruos creados por la radiación. El tratamiento y las luchas que navegan sobre la plataforma tradicional del videojuego  ahora es utilizado para discutir los episodios tan dolorosos como fundamentales.

Otro tema, que viene de la mano de la filosofía del videojuego, es el "cambio de temporalidad”, donde la muerte no existe, pues el jugador siempre puede revivir. "Se trata de un tiempo circular” que cuestiona la cultura de la lineal mortalidad cristiana que necesita de Jesús y su obra resurrección en una narrativa horizontal -antes y después de Cristo-. En el videojuego se propone "un tiempo circular”, donde no existe la muerte como un fin, sino como una espiral infinita.

También asusta, como lo subraya Zizek, el control de información privada que está en manos de grandes empresas (como Google o Facebook) que saben lo que visitamos, por dónde vamos, lo que consumimos, lo que leemos. Su capacidad de anticipar nuestros gustos es sorprendente y espeluznante (por cierto, últimamente cada que entro a una página web me quieren vender cosas similares a mi última compra). Si eso lo cruzamos con el control de datos de los sistemas financieros (bancos, ministerios, autoridades), estamos completamente desnudos frente al Big Brother que conoce todos nuestros movimientos.

Otra inquietante cara de la medalla son los avances tecnológicos que empiezan a vincular cerebro con la máquina sin mediación corporal. Si bien esta es una fase experimental, es muy probable que en poco tiempo la tecnología permita que la instrucción mental opere directamente en algún tipo de robot que haga todo lo que queramos. ¿Cómo modificará eso nuestro comportamiento cotidiano? ¿Qué consecuencias? Es difícil preverlo, pero no es muy esperanzador.

Por último, la biogenética. Zizek reproduce asombrado una propaganda que vio en su viaje a China: "el objetivo de la biogenética en la República Popular China es regular física y mentalmente el bienestar de los chinos”. La reacción del autor no es menor: "¡Dios mío! ¡Y es algo que ya están haciendo! La idea es usar biogenética para controlar los impulsos de la gente, su agresividad o pasividad, su actitud en la sociedad del trabajo…”. El gran sueño de control de la mente no estaría tan lejos.

Explica el filósofo que esta agenda perversa, que se ve con claridad en series televisivas como  Orphan Black  o  Black Mirror, fue pensada por Stalin en 1931 que "les creía a unos locos biólogos que afirmaban que podían mezclar seres humanos con simios para obtener la máquina perfecta de trabajo. Entenderían lo elemental del lenguaje, pero no tendrían capacidad de protestar, de comprender. Era algo primitivo y no funcionó. Sin embargo, ahora nos aproximamos a algo aparecido”.  Estaríamos cerca de tener un hombre disciplinado construido biológicamente para reproducir un rol previamente asignado por una inteligencia de Estado. Aterrador.

Concluye el autor: "por eso digo que están ocurriendo cosas muy serias que exigen que redefinamos qué significa ser humanos… La naturaleza humana está, literalmente, cambiando”.

Decía que no me gustan los profetas sociales; sí los pensadores que invitan a pensar.


Publicado en: Diario Pagina 7.30 de julio de 2017

miércoles, 9 de agosto de 2017

Picasso, Rivera y Warhol

Hugo José Suárez

Le hago caso a mis maestros que insistían en lo mucho que los sociólogos podemos aprender del mundo del arte, y dedico un fin de semana a dos de las exposiciones más interesantes que suceden en este verano en la Ciudad de México.

El Palacio de Bellas Artes, magnífica construcción con la que el presidente Porfirio Díaz pretendía festejar el centenario de la independencia mexicana en 1910, acoge a una dupla impresionante: Picasso & Rivera, Conversaciones a través del tiempo. Se trata de cruzar dos pintores extraordinarios, mostrando sus encuentros, distancias, diálogos y tradiciones.

Y claro, el visitante que normalmente conoció cada uno por separado, y una pequeña muestra de cada quien, descubre una complejidad mayor. La matemática tiene su propia lógica en el arte: La suma de las partes es mucho más que el todo. Son como dos arroyos que se encuentran y se separan caprichosamente.

La entrada sorprende con dos autorretratos de los jóvenes -de 20 y 25 años- pintados el mismo año: 1906. Curiosa coincidencia. Luego se exhibe la obra en París, ciudad que los acogió y juntó. Se puede ver cómo cada uno evoluciona su trazo y adquiere personalidad quebrando con la academia de la época. El cubismo se instala en sus lienzos. Tanto la semejanza de algunas imágenes como el intercambio epistolar entre los artistas muestran una compleja interacción, aunque no siempre armónica.
En la sala siguiente el origen histórico y cultural toma relevancia: América y Europa en contraste. Picasso acude una y otra vez a la narrativa mítica griega y romana; se alterna el recorrido con bellas piezas antiguas de Atenas o Roma. Rivera evoca los códices mexicanos con una serie sobre el Popol Vuh, entre deslumbrantes esculturas indígenas prehispánicas. El curador de la exposición parece insistir en la importancia de la tradición, la potencia del encuentro y el intercambio, la necesidad de la innovación y la creatividad. En los muros de Bellas Artes se siente cómo Picasso y Rivera navegan cada uno en su propio barco, aunque coincidan en algunos puertos.
Al día siguiente, voy al Museo Jumex que acoge a Andy Warhol (1928-1987) con la exposición Estrella oscura. Quedé impresionado cuando vi sus cuadros en el MoMA en Nueva York, pero recién ahora puedo entender mejor el sentido de su obra.
Me detengo en las imágenes de Marilyn, Mao o Elvis y la intención de Warhol de tomar la celebridad, reinventarla bajándola de su pedestal y reproduciéndola con colores vistosos al lado de una lata de atún o de sopa Campbells. También me impactan las fotos de los accidentes automovilísticos o aéreos, las ambulancias; me sobrecoge pararme en frente de la silla eléctrica, quedo demudado al pensar el horror institucionalizado.
Warhol toma los extremos del auge de la sociedad industrial en su versión de cultura pop: La hermosa Marilyn con todo el glamour propio del símbolo sexual de una época, el enlatado que consolida el capricho humano de mantener alimentos viejos sin podrirse, el accidente no como una disfunción, el sistema legal que hace fino uso de la electricidad para aniquilar a quien considera culpable.
Se trata, en el fondo, de una poderosa crítica a la modernidad y sus distintos rostros perversos, sean culturales, políticos o económicos; es desnudar el otro lado del discurso del progreso a partir de la reinterpretación de sus propios íconos. En uno de los cuadros aparece la emblemática Estatua de la Libertad deformada, algo no encaja en esta sociedad, parece insistir el pintor americano. Sin duda es un visionario que develó las necesidades de la cultura de masas de los 60 como semillas que germinaron más bien en la era del internet.
Al salir, el pasillo tiene un gran muro con decenas de pequeñas imágenes de la cabeza de una vaca rosada sobre un fondo amarillo. Es el único lugar donde permiten tomar fotografías. Culmina la crítica a la “obsesión colectiva por la celebridad” que denuncia Warhol, pero claro, todo visitante se toma su respectiva selfie corroborando la incomprensión del mensaje del artista.
En suma, tres grandes que no podemos ver sin quedar tan inquietos como estimulados por la sociedad en que vivimos.


Publicado en el Diario el Deber 30/07/2017