viernes, 22 de septiembre de 2017

TEMBLOR. 
Desasosiego y esperanza

Fotos y texto Hugo José Suárez

1  Llego a mi casa luego del susto. El tráfico estaba intenso, y todos asustados. En la puerta de mi edificio la gente se congrega, pocos quieren volver a sus hogares. Las paredes que otrora daban seguridad, hoy son un riesgo. Subo a mi departamento y me encuentro con el eco del terremoto. Son cosas leves: cajones abiertos, botellas caídas, adornos perdidos. La pared de mis fotos favoritas está desencajada, ninguna simetría resiste el temblor



Salgo a caminar por Coyoacán, mi barrio adoptivo, desde donde escribo, aprendo, platico, enseño, leo. Llego a la iglesia principal, entre las ramas, alcanzo a ver la silueta de la cúpula del templo, hay un espacio vacío. Me doy la vuelta, frente al atrio veo las piedras tiradas de aquello que fue una pequeña torre que sostenía la cruz. Ya no está en lo alto.







Voy a dormir con mucha angustia, no sé si habrá réplicas, no sé cuánto aguantará mi edificio. Al día siguiente salgo con mi familia a uno de los lugares que más han sido afectados, donde se desplomó un edificio multifamiliar. Veo rostros de los rescatistas anónimos. Uno está en bicicleta llevando agua y víveres, otro va en moto con palas y chalecos color naranja, uno más va caminando, con una mochila en las espaldas, cargando esperanza. 




 Un sentimiento nos une a todos, solidaridad, ganas de ayudar y una sola pregunta: ¿qué puedo hacer? Un niño sale con una pequeña canasta con “tortas” y un cartel informando que las regala. Alguien cuela un cartel improvisado para atender mascotas. Una mujer, que sin duda se levantó con el impulso de hacer algo, cocina unas enchiladas en la olla más grande que tiene en casa. Sale a la calle, se instala en una esquina y reparte platos a cualquier transeúnte. 




Aprendemos muchas cosas con este terremoto. El puño en alto significa silencio para que los rescatistas puedan escuchar algún susurro de vida entre los escombros. Hoy los brazos en alto también quieren decir esperanza, resistencia, solidaridad, ternura. Significan que sólo juntos podemos enfrentar la desgracia. 


   Me quedo con esta última toma. Es un departamento a unas cuadras de mi casa, un quinto piso. El edifico fue evacuado. Imagino que los dueños sólo pudieron subir una vez más, custodiados por un profesional, para sacar lo más importante. No hubo condiciones para una mudanza. Se quedan los sillones, el cuadro chueco, las plantas que nadie regará más, las cortinas que enfrentarán la lluvia y el viento. Un amigo cercano que también tuvo que evacuar comentaba que, entre otras cosas, el terremoto enseña a desprenderse de los objetos cotidianos y queridos. Ahí está el departamento que albergó tantas historias y que ahora sólo espera ser demolido. Una pequeña bandera mexicana cuelga de la ventana. 


lunes, 11 de septiembre de 2017

El paso por una barbería



Hugo José Suárez

Después de muchos años de desearlo y planearlo, ayer fui a una barbería. Tengo imágenes dispersas de cómo fui construyendo esa aspiración. Guardo en la memoria fotografías y escenas de películas que mostraban ese lugar con un sinfín de cositas, casi como juguetes, para atender la barba. Esas tomas antiguas en blanco y negro me dicen tanto: los asientos mullidos, el cuero para afilar la navaja, los perfumes, los grandes espejos. Siempre había querido entrar a ese mágico lugar, y recién ahora, poco antes de llegar al medio siglo de vida, satisfice mi anhelo.

Además, mi relación con la barba tiene su propia historia. Como llegué a la adolescencia huérfano de padre, no tuve un referente que me indicara cuestiones básicas sobre su afeitado o cuidado. Fui descubriendo todo en el camino, intuitivamente, cometiendo muchos errores y provocando algunas heridas. Cuando estaba alrededor de los quince años, el tema se volvió central en el colegio - por cierto horrendo: puros varones- donde todos nos mirábamos el rostro para encontrar algún indicador de hombría. La aparición de unos pelos era orgullosamente presumida, y su ausencia signo de debilidad y vergüenza. Era un contexto hostil donde el cuerpo y sus expresiones eran una constante afirmación de identidad. Pero mejor dejo la adolescencia -ya habrá ocasión para ocuparme de mis recuerdos perturbadores en el colegio San Ignacio- y paso a otra imagen.


Tengo guardado un episodio extremo en la fabulosa película Color púrpura (Spielberg, 1985): es una pareja disonante de negros en el mundo rural norteamericano, el violento y abusivo marido está siendo rasurado por la esposa. La escena es fabulosa, el campo, la madera, el zaguán, el paisaje. Él está sentado en la silla con la cabeza hacia atrás y el cuello completamente expuesto. Ella, que guarda rencor acumulado, toma la navaja, la pasa -lentamente, como quien se prepara para un sacrificio- por el cuero para afilar y la resbala por la piel que tiene agua jabonosa escurriendo por el pescuezo. En su rostro se siente la tensión que juega en su interior, la opción de dejar que sus manos hundan un poco, sólo un poco, el afilado metal cortando la vena principal del marido, provocándole la muerte en cosa de segundos. La tentación la ronda, es el momento en el que el malvado cónyuge está en sus manos, indefenso, como cordero antes de ser degollado. Es de las pocas ocasiones donde ella tiene el control, y la vida del otro entre sus dedos.

El caso es, decía, que ayer fui a la barbería en Coyoacán. Llegué a ese templo de masculinidad jugando mi rol de varón. Me sentaron en una cómoda silla y empezó todo el ritual.  Me preguntó la peluquera: “¿cómo quiere su barba?”, “como está pero más marcada y corta”, respondí sin muchas más indicaciones que dar. Primero usó una máquina eléctrica simple, de esas en las que se puede graduar el tamaño del cabello y que todos tenemos en casa. Pero luego se puso bueno. Me dio la vuelta de manera que no podía verme en el espejo, y quedé completamente en sus manos, frente a frente. Pasó por mi rostro una toalla caliente, luego cremas. Con la frialdad de un cirujano y el detalle de un pintor, tomó la navaja, fue pasándola por distintos lugares de mi piel, intercalado con aceites, olores y toalla caliente. Me miraba como quien mira un lienzo en plena elaboración de un retrato y continuaba con su fino trabajo. Al final me puso una loción de suave fragancia y me pasó el espejo para que vea su obra. Todo quedó perfecto.

Salí de la barbería satisfecho, un momento agradable, un deseo cumplido. Pronto volveré.