miércoles, 22 de noviembre de 2017

El azul de La Habana



Hugo José Suárez

Un amigo me lo advirtió: en cuanto termines de leer la primera página de alguna novela de Leonardo Padura, sentirás el calor de La Habana y empezarás a sudar. Me parecía una exageración, pero no fue así. El autor cubano tiene muchas virtudes, una de ellas es su capacidad para transportarte al ambiente caribeño con una precisión sensorial que asombra; todo con palabras. Casi sin darte cuenta, con las primeras letras te sientes en el malecón respirando aire húmedo.

Tenía enorme curiosidad por conocer al premio Princesa de Asturias 2015, aquél que afirma que escribir es “algo tan sagrado como doloroso”, así que cuando supe que la UNAM le otorgaría el doctorado honoris causa (2017) y que iba a dar una charla en el Centro Cultural Universitario, bloqueé mi apretada agenda para ir a escucharlo.

Su conferencia se concentró en la construcción de la idea de ciudad desde la narrativa, pensando, desde luego, a partir de los escritores cubanos. Ya había leído algo suyo sobre el tema en Vientos de Cuaresma, de donde me guardé la frase: “Y aunque me quiera rebelar, esta ciudad me tiene agarrado por el cuello y me domina, con sus últimos misterios” (p. 138). Me llamó mucho la atención un artículo llamado precisamente La ciudad y el escritor (Milenio 19/08/2017) en el cual contaba su compromiso innegociable con La Habana. Desde sus abuelos, decía, pertenece no sólo a esa urbe, sino a su barrio del cual no quiere moverse. Imposible pensarse afuera.  

Me sorprendió su manera de entender la isla como introspección. Yo como paceño siempre he asociado el mar con la libertad, pero Padura entiende la playa como frontera, como muralla, como el límite de su horizonte. Nosotros que vivimos en la montaña, tenemos algo en común con los isleños. La isla y la cueva son, al final del día, un mismo tipo de aislamiento, una manera similar de vivir un encierro.

Pero volviendo al escritor, cuando leí sus textos me sorprendió su capacidad de observación aguda. Su fabuloso personaje, el detective Mario Conde, utiliza la plataforma de una trama típica de detectives para penetrar en los pliegues más recónditos de la sociedad cubana, esos que el régimen oculta y que la crítica norteamericana jamás alcanzará a ver. Sólo él, un cubano de verdad, puede mostrar la corrupción, la miseria de las formas políticas ordinarias, las contradicciones de un proceso político y social con tantas aristas. Sólo él puede decir, por ejemplo, algo así: “Demasiado calor en este país para que germine la filosofía” (Vientos de cuaresma, p. 120). Y en medio la vida cotidiana.

Pero además el autor logra meterse a dimensiones más complejas de la fabricación de personas y personalidades. En su libro El hombre que amaba a los perros, donde narra paso a paso la vida de Ramón Mercader, el infiltrado estalinista que mató a Trotsky en México en 1940, analiza una trayectoria compleja del militante y espía que la historia construye con un solo objetivo, que, por cierto, lo cumple a cabalidad. En esa triste narración se desnuda la militancia tan romántica como ortodoxa que puede terminar tocando -y abriendo- cualquier puerta.

Confiesa Padura que sus letras son el resultado de su pasado: “Un escritor es un almacén de memorias. Se escribe hurgando en la memoria propia y en las memorias ajenas, adquiridas por las más diversas estrategias de apropiación. A partir de ahí, el novelista crea un mundo” (Milenio 19/08/2017). Cuenta que aprendió el oficio primero trabajando, como García Márquez, en la prensa; desde ahí tiende el paralelo entre ambas profesiones siamesas, aunque la diferencia, dice, es que en la literatura hay una complicidad entre el lector y el escritor: ambos saben que están metidos en una gran mentira.


Pero vuelvo a su ciudad, y a la mía (La Paz). En 1992 visité La Habana y tomé una foto desde la ventana de mi habitación en el hotel: es la vista del mar a lo lejos, se interpone una construcción pintada de blanco y celeste, al fondo agua y cielo sólo se diferencian por el tono. La titulé “azul”. Casi diría que mi foto soñó una frase de Padura con la que me encontré dos décadas más tarde: “Una ciudad son también sus sonidos, olores y colores: mi Habana suena a música y autos viejos, huele a gas y a mar, y su color es el azul” (Milenio 19/08/2017)

Publicado en el Deber 19 Noviembre del 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Miedo. A propósito de It



Hugo José Suárez

Unas semanas atrás fui a ver It (Muschietti, 2017). No fue mi voluntad: resulta que mi hija de 13 años quería hacerlo y perdió ocasión para ir con sus amigas. Ante la insistencia, no me quedó otra que acceder a la solicitud y acudir al cine. Pero le advertí: “no me gustan las películas de miedo porque me dan miedo; en los peores momentos, mi vista estará clavada en la pantalla de mi celular consultando mi Face”. Ella sólo respondió: “no se te ocurra taparme los ojos cuando haya una escena especial”. Las condiciones del contrato estaban claras.

Durante una buena parte de la película hice lo prometido, cerraba los ojos o los desviaba hacia mi teléfono, mientras que ella no se perdió un minuto. Al final le pregunté si se había asustado, me dijo que no. No entendía. Indagué qué película le había causado miedo en los últimos años y me dijo, “¿así como cosita?”, “sí, miedo pues” -insistí yo- “El orfanato”, respondió. ¡No lo podía creer, ahí no hay sangre ni monstruos! “No”, argumentó, “pero hay suspenso y angustia”.

Recordé aquella vez que fui a ver Miss Peregrine y los niños peculiares (Burton, 2016) con mis dos niñas. Yo estaba también aterrado arañando mi butaca con tantas escenas brutales: los ojos salidos de algún personaje, dientes vampirescos, cosas espantosas. Pero mis hijas ni se inmutaron, esa noche durmieron como cualquier otra.

Me puse a pensar en lo que provoca miedo, en cómo se lo construye socialmente. En mi generación (nací en 1970), tal vez el filme más tenebroso fue El Exorcista (Friedkin, 1973), hasta el día de hoy no me he animado a verlo -y menos en la noche-. Lo que sucede es que nuestra idea de la realidad era diferente. Acudir a una proyección cinematográfica era un acontecimiento ritualizado, se lo planeaba con antelación, y al pasar por la puerta de entrada a la sala estábamos en otra dimensión.

La película creaba una atmósfera única; estar ahí, era vivir la historia. Era fácil olvidar que todo aquello era ficción, que los actores estaban haciendo su trabajo y que el director iba a decir “¡corte!” en cualquier momento. Esa era la realidad, y por lo que sentíamos todas las emociones intensamente (miedo, pasión, amor, heroísmo, dolor). Por lo mismo, importábamos lo visto a nuestra vida cotidiana y no podíamos dormir bien si el filme había sido de terror; en sentido contrario, después de haber visto Grease con John Travolta (1978), no pocos adolescentes copiaron el estilo de galán norteamericano al caminar por San Miguel.

Para la actual joven generación, la ficción no está tan alejada. El mundo de los videojuegos, el internet, Youtube y tantas cosas más, provocan que los niños puedan transitar por la fantasía y volver a la realidad sin mediación. Eso cambia la idea de la vida, de la muerte, de lo posible y lo imposible, en suma, de lo real. Varias películas -como Matrix, por ejemplo, pero hay más- han puesto el tema sobre la mesa. Es cada vez más fino el velo de la realidad y la ficción.

Claro que esto tiene su lado oscuro. Recuerdo que en una de las tantas guerras de Estados Unidos en Medio Oriente, un piloto norteamericano que bombardeaba escuelas y hospitales en Irak decía que creía estar jugando videojuegos. La facilidad del ingreso a la virtualidad como el Face, hace que uno pueda escribir cualquier comentario, agresivo, irresponsable y destructor sin sentir la menor culpa o responsabilidad. Como si aquello fuera una situación paralela sin vínculo con la vida ordinaria.


La tecnología está empeñada en construir una “realidad virtual”, aunque los sentimientos ahí no funcionen igual. Por lo pronto, a mí me da tanto miedo ver una película macabra como abrir el periódico. Cosas de mi generación.