domingo, 8 de abril de 2018

Miguel Covarrubias. Maestro ecléctico




Hugo José Suárez



En algún lugar de la bodega en La Paz donde dejé mis cosas antes de migrar a México, está esperándome un precioso afiche de Miguel Covarrubias. Lo compré, si mal no recuerdo, en una exposición un museo en la Ciudad de México, seguramente el año 1990. La pintura es solemne, colorida, rítmica y sensual: una mujer negra, cantando, con un vestido verde ajustado, rodeada de otros músicos. Es jazz, es Harlem, es la tercera década del siglo pasado. Esas notas hechas color me acompañaron una larga temporada observándome desde una pared, cómplices de cada una de mis travesuras de alcoba.

Covarrubias (México, 1904-1957) fue un artista desobediente, autodidacta y creativo. Miembro de una generación de grandes nombres en la plástica Mexicana (Rivera, Orozco, Siqueiros), supo construir una voz propia que no lo empate a ninguno de sus contemporáneos. Caricaturista, pintor, fotógrafo, etnólogo, ilustrador, muralista, documentalista; eso, y mucho más. Personalmente, es uno de los personajes que más me atrae de aquellos tiempos iluminados. Por supuesto que celebro su constante compromiso político con la izquierda mexicana -no militante de ninguna agrupación específica-, pero sobre todo me gusta su curiosidad por la otredad, su obsesión por mostrar al otro en sus lienzos.

A mediados de la década del 20 del siglo pasado, el pintor mexicano se traslada a Nueva York y se sumerge en la cultura negra en el afamado barrio afroamericano el Harlem. Buena parte de ese período de su obra está en la búsqueda de los rostros, los gestos, los rasgos de aquella poderosa experiencia cultural. Es un escenario curioso: un mexicano -que, según dicen, ni hablaba bien el inglés- dibujando al mundo marginal negro. En 1927 publica Negro Drawings, que recoge varias de sus ilustraciones sobre el tema.

En su constante movimiento, luego de dejar Estados Unidos, Covarrubias viaja por varios países; se queda largas temporadas en Bali donde también se esfuerza por retratar la cultura diferente. Vuelve a México con la intensión de investigar sobre los pueblos indígenas, da clases de etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, dirige la Escuela de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes. Realiza murales y documentales e impulsa la antropología y la arqueología mexicanas.

Es un pensador es difícilmente clasificable, por eso fue definido como un renacentista desde la caricatura cuya principal trinchera fue su imaginación. Transita por lienzos y cámaras con igual soltura, por la etnología o la escritura mezclando belleza y conocimiento, sin obedecer cánones que separan las disciplinas, guiado sólo por su capricho por conocer, plasmar, descubrir y expresar.

En un reciente viaje a Oaxaca, tuve la atinada intuición de pasar por el Centro de las Artes de San Agustín -que es un antigua antigua fábrica de hilados restaurada por iniciativa de Francisco Toledo-, y me encontré con la grata sorpresa de la exposición Miguel Covarrubias. Imágenes de un mexicano universal. Recorrí las piezas deteniéndome en cada una de ellas, tratando de seguir el trazo y la intensión del maestro. Su visión de Nueva York me recordó mis propias impresiones de aquella ciudad, su mirada del mundo indígena mexicano me devolvió a mis viajes por el encanto de tantas culturas en el México profundo. Sus videos me reanimaron las ganas por ser un coleccionista de imágenes.

Covarrubias es, sobre todo, una fuente que inspira, un promotor de la transgresión, una invitación a sacudir la inventiva de cualquier atadura de época: una refrescante brisa del pasado.


Publicado en el Deber 08/04/2018

miércoles, 28 de marzo de 2018

Merlí. Otra manera de filosofar



Hugo José Suárez

He dicho que me encantan las series, y que concuerdo con Vargas Llosa cuando afirma que en ellas la televisión encontró su soporte narrativo. La última en la que estoy metido es la catalana Merlí, que trata sobre un profesor de filosofía de últimos años de un colegio público en Barcelona.

Tengo tres décadas en las aulas universitarias, unas veces como alumno y otras como profesor, y la verdad considero apasionante mi oficio. Muchas veces me he preguntado por qué la vida de un detective, de un narco, de un viajero o de un político merecen más reflectores que la de un profesor. Pienso que una clase puede ser más entretenida que un viaje a la selva, que un seminario puede ser tan atrapante como una trama policial. Merlí nos recuerda que un instituto educativo, con estudiantes, laboratorios, bibliotecas, profesores, es un barco repleto de aventuras inagotables.

Además, el encanto del profesor tan carismático como irreverente, está en vincular sus clases y los autores con las situaciones concretas de los protagonistas. La filosofía pareciera salir de los libros y nombres rimbombantes y se encarna en la cotidianidad. La mentira, la política, la muerte, el consumo, el deseo, dejan de ser temas controlados por los especialistas y aterrizan en la historia de la gente.

La serie no es ingenua, muestra también el conflicto y las contradicciones de los adolescentes, los humores, las furias, las pasiones, las tensiones familiares, las pérdidas y los excesos. De alguna manera deja ver algunos rasgos de lo que supongo es la actual sociedad catalana. Por ejemplo, en la escuela pública confluyen grupos sociales distintos, desde quienes tienen una economía muy estable y cómoda, hasta los que sufren el día a día teniendo que trabajar horas extra para sostener el estudio. Parecería que el espacio educativo permitiera el encuentro de posiciones sociales diferentes, lo que es impensable para muchos países latinoamericanos. También se ve el estilo de vida urbano, la mayoría habita en departamentos que se diferencian por sus comodidades o su lujo, pero pocos tienen coche y casi nadie vive en casa. Las familias son diversas, con presencia fuerte de los padres.  Todos luchan por la sobrevivencia en un mundo laboral incierto pero no dramático.

Uno de los aspectos que más he disfrutado de la serie es el sexo. Despojados tanto de cualquier culpa católica, como de imperativos morales muy de moda en la actualidad que pretenden regular el comportamiento sexual, las relaciones fluyen en todos los sentidos sin juicios en ninguna dirección. Todos (mujeres y varones, alumnos y profesores, homosexuales y heterosexuales, viejos y jóvenes) se sienten con derecho de proponer sin ser estigmatizados, y de ejecutar sin cargar una etiqueta. Osar y gozar van de la mano. El resultado es fabuloso: los estudiantes transitan unos con otros, los profesores entre ellos hacen lo suyo, padres de familia con profesores, algún adolescente con la madre de su colega, o una guapa historiadora que se engancha con el empleado encargado del mantenimiento del edificio. Y todos los lugares son apropiados: los salones, los baños, las salas de juntas, las oficinas, las bodegas. Aunque me puedo equivocar y tener una visión muy superficial, me da la impresión de que el tema de la sexualidad se lo enfrenta desde otro lado, desprovistos de cualquier ideología que pretenda regular y normar el deseo y ansiosa de encontrar culpables a quiénes condenar; pero todo, claro está, en un clima de respeto innegociable al otro, a su voluntad y su libertad de aceptar o rechazar cualquier oferta.

En fin, conocí Barcelona hace más de treinta años. Mientras vivía en Bélgica y hacía mi doctorado, tuve que ir a entrevistar a ex sacerdotes que en los años sesenta fueron a Bolivia en misión religiosa. Fue un fabuloso descubrimiento, empezando por entender que ahí no se habla castellano y que su relación con España es tensa y compleja. Todo indica que es tiempo de volver por esos rumbos.


Publicado en El Deber 25/03/18

Bolivia y México




Hugo José Suárez

La semana pasada tuve el gusto de presentar en la Feria del Libro del Palacio de Minería en México, el libro Pensando Bolivia desde México, Estado, movimientos, territorios y representaciones, coordinado por Guadalupe Valencia, Bories Nehe y Cecilia Salazar (UNAM-CIDES, 2016).

La relación entre ambas naciones tiene larga data, y considero que México es el país quién más ha influido en la formación del pensamiento social boliviano. El vínculo adquiere distintas formas y tiempos. Hay que recordar que en 1940 Bolivia estuvo representada en el Congreso Indigenista Interamericano en Pátzcuaro (Michoacán), que Diego Rivera fue invitado por Víctor Paz para visitar el país y que Alandia Pantoja expuso en la Sala Internacional del Palacio de Bellas Artes en 1957.

Otro episodio fundamental fue la época del exilio en los 70. Decenas de bolivianos fueron acogidos en México, muchos de ellos con notable éxito profesional. Los departamentos de los exiliados se convirtieron en lugares de seminarios espontáneos donde se discutía y trazaba el destino del país. No se puede pasar de largo la importancia de René Zavaleta, Marcelo Quiroga, Cayetano Llobet, Mario Miranda o Carlos Toranzo y tantos más.

En los noventa, cuando yo llegué a estudiar la licenciatura, el escenario había cambiado. La comunidad boliviana estaba nutrida por estudiantes clasemedieros de distintas disciplinas, aunque todavía había resabios de intelectuales de la generación anterior. En ese período, estudiaron en las universidades mexicanas intelectuales que luego se convertirían en referencia como Luis Tapia, Fernando Mayorga, Alvaro García, Raúl Prada, etc.

El cambio cualitativo fue sin duda a partir del 2006 con la victoria electoral de Evo Morales. Su imagen fue la portada de diferentes periódicos, se realizaron decenas de eventos de solidaridad con Bolivia, coloquios académicos, publicación de revistas, artículos de periódico, libros científicos. Incluso un partido político local publicó la biografía de Evo, lo que se remató con su visita en el 2010.

Si bien antes del 2006 había varias tesis de maestría y doctorado sobre Bolivia, la mayoría estaban hechas por estudiantes bolivianos; a partir de esa fecha el proceso del país se convirtió en un objeto de estudio para universitarios de varias nacionalidades. En la actualidad hay muchas investigaciones en diferentes casas de estudio dedicadas a comprender lo que sucede en el país. Bolivia es tan conocida que, cuando fui a un médico unos días atrás, al saber mi país de origen me preguntó: “¿y usted qué piensa de Evo Morales?”

El libro que menciono hay que ponerlo en esa larga tradición de intercambio entre Bolivia y México, pero con la particularidad de que es el resultado de una relación institucional estable y fructífera. Hace más de una década, el CIDES-UMSA firmó un convenio de colaboración con la UNAM. Muchos profesores visitaron regularmente La Paz (entre ellos, Guadalupe Valencia, una de las coordinadoras), estudiantes bolivianos se inscribieron en el posgrado de estudios latinoamericanos de la UNAM y becarios mexicanos conocieron Bolivia. Se estableció un fabuloso intercambio que dio muchos frutos.

Uno de los resultados es precisamente el volumen en cuestión que cuenta con 17 capítulos de personas que pasaron por las aulas de Ciudad Universitaria. El documento está dividido en cuatro partes: la transformación del Estado y el “proceso de cambio”, la cuestión de las identidades en los movimientos indígenas y populares, territorios nuevos y territorios reconstituidos, representaciones culturales y reflexiones teóricas sobe la realidad boliviana. Cada capítulo se detiene en una parcela de la realidad que va desde la propuesta reconstitución del ayllu de la CONAMAQ, hasta los migrantes en la industria de la moda en Sao Paulo, pasando por la influencia de Trotsky en Zavaleta o el análisis de los intelectuales en octubre del 2003. Corona el texto la excelente introducción a cargo de los coordinadores que permite entender los momentos sociopolíticos de cada país, y ofrece una interpretación lúcida, equilibrada y crítica del “proceso” y sus contradicciones.

En la presentación en el Palacio de Minería, donde me impresionó la presencia de estudiantes adolescentes, Gaya Makaran, una de las comentaristas, reflexionaba sobre el interés por Bolivia, y afirmaba que al principio el gobierno de Evo Morales fue una fuente de inspiración al ver que los movimientos sociales se habían convertido en los conductores de la historia, pero con los años el “el proceso de cambio” devino en una fuente de advertencia de cuáles son los pasos que no hay que seguir. No estoy seguro de compartir íntegramente su diagnóstico, pero tiene mucho de verdad. Habrá que preguntarse dónde quedó la esperanza, cuándo se diluyó la creatividad y el espíritu renovador y se instaló la tentación de la inmortalidad. Cuándo dejamos de ser un faro y nos convertimos en estatua.

En suma, Pensando Bolivia desde México, es un libro indispensable en el estante de quienes cruzamos repetidas veces el puente entre dos países extraordinarios.


Publicado en el Deber 11/03/2018

lunes, 26 de febrero de 2018

Tres fotos para la portada de un libro


Hugo José Suárez 

Estoy en un dilema: tengo que elegir la portada del nuevo libro que estoy publicado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Esta es la última parte del largo proceso de edición que puede durar entre dos o tres años, así que cuando llega el momento, es una gozosa culminación, la cereza del pastel.

 El documento en cuestión es un trabajo colectivo resultado de un coloquio que organicé en el 2015 sobre Bolivia y sus transformaciones actuales. Se llama ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el ‘proceso de cambio’ en Bolivia y consta de 15 capítulos de académicos de distintos lugares. La idea del evento fue discutir qué estaba sucediendo en el país, o cuál era la profundidad y sentido de las mutaciones del Gobierno de Evo Morales. Pero tres premisas eran ineludibles: primero no se trataba de hablar desde una trinchera que incite a ver todo en blanco y negro; segundo, se debía evitar la especulación -por más lúcida y deslumbrante que se presente- y dar paso a la información empírica recolectada de manera sistemática e intencionada; tercero enfocarse más en los procesos culturales, las subjetividades, la vida cotidiana, en lugar de la economía o la política que normalmente acaparan todos los reflectores.

 El resultado fue el texto evocado, que luego de la dictaminación y edición -propios de la academia mexicana-, pronto -espero- saldrá a la luz (y ojalá que en Bolivia lo podamos compartir en la próxima Feria del Libro, perdón por la publicidad).

Decía que estoy en el momento de decidir la portada. En todos los libros que he publicado hasta ahora, he intentado darle a la fachada un toque especial, un sello personal. Normalmente, me gusta una foto limpia -o con muy poco retoque- que inunde todos los contornos, que se tome todo el espacio y cuyo contenido sea en sí mismo impactante, que atrape. Uno de los comentarios más elogiosos que recibí alguna vez fue el de una estudiante que me dijo que había comprado mi libro El sentido y el método -lamentablemente agotado- por la belleza de su tapa, y que después se había introducido en el contenido (que por suerte, me dijo, estaba a la altura).

 Estoy entre tres posibilidades -que compartí en mi muro de Facebook, gracias a todos quienes se inclinaron por alguna opción-: Primero, una cholita tomándose una selfi en la plaza Murillo. Su chompa es azul fuerte y su pollera elegante color perla, zapatos beige oscuro dentro del mismo estilo completamente a la moda. No porta sombrero ni manta, pero sí aretes dorados y una discreta cadena. Sostiene con su derecha el selfie-stick, y mira fijamente a su celular. Al fondo están petrificadas las estatuas en la plaza Murillo, el centro del poder político en Bolivia.

En la segunda foto, aparece a la izquierda una empleada doméstica de espaldas en San Miguel, dos trenzas gruesas caen por sus hombros, su pollera guinda es delgada, pareciera valluna y tiene sandalias sin medias nailon. Con sus manos sostiene una chamarra amarilla que todo indica que no es suya. En la parte derecha de la imagen, en la puerta blanca de un garaje está grafiteado un minions con uniforme de sirvienta inglesa del siglo XIX: vestido negro con encajes y moños elegantes, pequeño delantal claro, lazo blanco en la cabeza y plumero rosado. Sin duda que el vaivén de significados es contundente.

La tercera es un camión viejo, azul, delante del condominio Wiphala cuyos edificios tienen enormes murales de Mamani Mamani. También representa muchas cosas, transporte antiguo y funcional de trabajo de la construcción en primer plano (además, azul, lo que no es un detalle), y de fondo el multifamiliar estrella en El Alto cuyos murales fueron responsabilidad del artista del Estado por excelencia.

Las tres fotos podrían quedar, todas dibujan, argumentan y explican el contenido del libro desde lo visual. Ya les contaré cuál fue la elegida.



lunes, 12 de febrero de 2018

Mi biblioteca



Hugo José Suárez

Los intelectuales latinoamericanos tenemos una relación perversa con los libros. Crecí al abrigo de una biblioteca familiar nutrida y generosa que contrastaba con la pobreza de la calidad y cantidad de libros que había en algún estante perdido de mi colegio -jesuita pero extrañamente negado a la lectura que sólo valoraba el deporte y la química- o en el empolvado y descuidado espacio donde el municipio albergaba algún título. La impronta estaba clara: tenía que hacer mi propia biblioteca, y así fue.

Empecé a estudiar sociología en México a finales de los ochenta. Mi condición económica no me daba para adquirir los libros que necesitaba, por lo que constantemente acudía a las fotocopias y sólo en ocasiones especiales podía comprarme un impreso. Mal que bien, entre materiales que de distintas maneras llegaron a mi departamento -desde herencias hasta regalos- armé una biblioteca personal.

Cuando acabé mis estudios tenía que volver a Bolivia, y todos mis enseres debían entrar en dos maletas. Recuerdo -y mi columna me lo refrenda constantemente- que mi equipaje de mano pesaba como 20 kilos de puros libros, e intentaba cargarlo sin inclinar el cuerpo para que no se notara el peso al transitar los interminables pasillos del aeropuerto (años antes de la era de las rueditas en los maletines).

Ese tipo de episodios los viví en varios de mis traslados, sean migraciones internacionales o cambios de departamento. La pregunta siempre fue qué hacer con mis libros, cómo transportarlos y dónde acomodarlos. Antes de partir a México por segunda vez hace una década, habida cuenta que me iba con toda mi familia, tuve que seleccionar muy estrictamente qué me podía llevar. Todo lo demás quedó en cajas en un depósito en casa de mi madre. Cada vacación que vuelvo a La Paz, abro con nostalgia la puerta del cuartito donde están apiladas las hojas de hojas que alguna vez leí -y trasladé- y que ahora sólo esperan que, algún día, puedan encontrar un estante a la mano. Ya casi ni recuerdo todos los títulos que ahí me esperan.

El caso es que actualmente tengo tres bibliotecas. La primera es la de la bodega paceña. La segunda se ubica en mi casa en el campo, mantiene relativo orden pero la humedad destroza lentamente las hojas. La tercera, más a la mano, me rodea en mi escritorio en la UNAM.

Tener libros -y ser fetichista con ellos como es mi caso- se ha convertido en un karma. Mis bibliotecas no siempre son funcionales, me ha pasado más de una vez que busqué un texto con la certeza de que por ahí estaba sin que aparezca hasta meses después de haberlo necesitado; o peor, comprar un título que ya tenía.

El otro problema es dónde colocarlos y cómo ordenarlos. Un tiempo atrás un colega me llevó a su biblioteca y sufrí una envidia sincera: todos sus volúmenes estaban registrados en su computadora y cada texto acomodado en una construcción ad hoc al fondo de su casa, en dos pisos de madera elegante y un escritorio iluminado. Me presumió -en buena forma-: nos sentamos en su computadora, escribió mi nombre en un programa de computación, me dijo cuántos libros míos tenía y me indicó exactamente dónde estaban. Un sueño.

En mi caso, los libros me comen, intento tenerlos más o menos ordenados pero no siempre lo logro. Mis bibliotecas me sirven en el momento en que estoy trabajando algún tema particular, pero el espacio que ocupan y los kilos que representan -cargados en algún momento de mi vida-, no sé si valen la pena. Y ni les cuento cuando pienso en la utilidad en el futuro de tanto papel, ¿eso les heredaré a mis hijas? Envidio a mis colegas que viven cerca de fabulosas bibliotecas, acostumbrados a traer y llevar textos sin tener que poseerlos, reservando su espacio personal o profesional sólo para unos cuantos y muy selectos documentos.


Pero bueno, mal que bien, soy de la generación del papel. Con el mismo angustioso placer con el que como chicharrón pensando en el colesterol, compro libros cada que puedo, voy a mi casa, los abro, los huelo, leo partes, y luego no sé dónde ponerlos. No tengo más que escribir mis tensiones, finalmente para eso están las letras. 

Publicado en el Deber 11/02/2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Y qué me cuenta del Perú?

Hugo José Suárez

Siempre me he preguntado por qué los paceños tenemos una relación tan distante con Lima y en general con el Perú. Cuando fui a Cuzco por tierra hace ya más de una década, comprendí que más que frontera, había una continuidad entre ambos países, la expansión de una misma cultura compleja con distintos rostros. Sin duda, una sola matriz. No pasa lo mismo con ninguno de nuestros vecinos, lo sabemos bien.

Unas semanas atrás conocí Lima poco antes de cumplir mis cincuenta años de vida. Desde joven había pasado por el aeropuerto internacional, de hecho mi primera salida al extranjero -hacia E.U.- fue por esa vía. Innumerables ocasiones estuve tentado de quedarme unos días, atravesar la puerta de ingreso en vez de detenerme en la sala de tránsito. Pero no, las razones para seguir mi rumbo sin interrupción siempre fueron mayores.

No entiendo la distancia que hemos creado con Perú. Los bolivianos conocemos más Buenos Aires que Lima, Santiago que Cuzco. Hace tiempo que debería haber programas sostenidos de intercambio y que la gran mayoría de paceños conozcamos Lima y viceversa. Hay una larga tradición histórica y cultural que deberíamos reforzar, somos, finalmente, dos caras de una misma medalla.

Decía que pude finalmente recorre Lima así sea a vuelo de pájaro. Debo aceptar que fue por razones de mercado -el precio de los pasajes bajaba si partía más tarde-, pero estoy contento de esos fabulosos empujones que a veces las compañías aéreas.

En mi corta estancia pude ver la formidable catedral, el Palacio de Gobierno, la Plaza San Martin y la zona de museos. También me subí a los autobuses entre el gentío y los movimientos muy similares a cualquier colectivo paceño. No más, sólo una miradita, aunque suficiente para tener certeza de que debo volver con mucho más detenimiento.

Lo más entrañable fue recorrer por el barrio de infancia de mi esposa, cuya familia salió exiliada en 1971 bajo la dictadura de Bánzer y vivió allá siete largos años esperando la caída del dictador. En ese tiempo hicieron amigos inolvidables, precisamente esta vez ellos, Juan Gargurevich y Pierina Liberti  nos alojaron en su casa (son de esas personas que uno agradece haberse encontrado en la vida). Comimos en el patio de su domicilio, ahí por donde pasaron tantos latinoamericanos y donde mi esposa todavía recuerda haber conocido a Benedetti cuando era niña.

Como no podía ser de otra manera, los Gargurevich nos regalaron dos libros notables: La razón. Crónica del primer diario de izquierda, del propio Juan, y La guerra senderista, de Antonio Zapata. El primer texto, que fue publicado por primera vez en 1977, analiza la faceta periodística de José Carlos Mariátegui y muestra cómo el diario La Razón le permitió un mayor contacto con sindicatos, luchas, huelgas, organización de mitines y construcción de un pensamiento marxista latinoamericano autónomo y lúcido. “A la vez -dice Gargurevich en el prólogo del 77 refiriéndose al sentido del libro- quiere ser una exhortación a los jóvenes periodistas a conocer la vida y huellas de aquel muchacho que de ayudante de linotipo llegó a ser director de un diario, grande en la historia, sin más fortuna que su empecinamiento y su talento. Y sin buscar más retribución que la revolución social”.

El libro de Antonio Zapata -publicado el 2017- analiza la dura experiencia de Sendero Luminoso. Lo hace con una claridad que se agradece; no levanta banderas ni las esconde, sobre todo privilegia la comprensión de un fenómeno buscando las razones y los puntos de vista cada quien y, de manera innegociable, tomando a las víctimas como el hilo de la interpretación.

En suma, mirar hacia nuestro vecino nos haría tanto bien. “¿Y qué me cuenta del Perú?” -frase que retomo de un diálogo en el libro de Gargurevich- debería ser una pregunta recurrente en nuestras conversaciones.



miércoles, 3 de enero de 2018

El WhatsApp entre nosotros



Hugo José Suárez

Si el creador de WhatsApp hubiera sido boliviano, seguro que la famosa aplicación se hubiera llamado “ComoEs” (para un paceño); si hubiera sido mexicano: “QuéPasó” o “quiubo”. El caso es que, más allá de dónde nació, hoy se ha instalado en nuestras relaciones ordinarias y todo indica que llegó para quedarse. Van tres manera de usarlo.

1.      Vivo en un edificio de clase media en Coyoacán, en la Ciudad de México. Durante dos años no he conocido a nadie más que a la administradora -a quien le tengo que pagar mensualmente el mantenimiento- y a una vecina que tiene hijas de la edad de las mías. Todo lo demás ha sido un educado intercambio que no pasa del “buenos días” que acompaña a una gentil sonrisa. Pero todo cambió cuando una revolucionara habitante tuvo un altercado con gente que se metió al estacionamiento: cuando intentó sacarlos se vio sola frente a personas alcoholizadas y sin tener mecanismo para solicitar ayuda. Tuvo la mejor ocurrencia de estos tiempos: crear un grupo de vecinos en WhatsApp.

Empezó a incorporarnos uno a uno interceptando a quien podía en las escaleras, hasta que todos quedamos en la red. Casualmente, días después vino el terremoto del 19 de septiembre, así que el grupo revolucionó nuestra comunicación. A la vuelta de los días, terminamos sabiendo quién era cada quién, tuvimos varias reuniones de vecinos, elegimos nueva directiva, nuevo tesorero, cambiamos el tanque de gas, solicitamos cuotas extraordinarias, abrimos una cuenta colectiva en el banco y nos contactamos con las autoridades para tener protección policial inmediata. Por supuesto que en medio hemos pasado del saludo forzado a los besos y abrazos en los encuentros de entrada y salida. La calidad de ser vecino se ha transformado; ahora vivo en otro lugar.

2.      La necesidad de comunicarse y la facilidad del uso de la aplicación, ha promovido una participación expandida a través de WhatsApp. Un amplio sector, de estrato popular, rural, de más de cuarenta años, que sólo tuvo estudios primarios, máximo secundarios, y que dejó la práctica de la escritura en los pupitres de la infancia, vio que a través del celular podía expandir sus relaciones e interactuar de distinta manera.

Así, con una escritura deficiente en sintaxis, ortografía y redacción, circulan intercambios donde el mensaje llega a su destinatario que, no sin cierta dificultad, entiende lo que el emisor quiere decir. En cierto sentido, más que devaluar el lenguaje, el uso del WhatsApp incorporó a un amplio grupo que había dejado las letras -fortaleciendo el lenguaje oral- y que ahora cotidianamente acude a la escritura para el trabajo o las relaciones personales. Sin duda que si esa plataforma fuera aprovechada por las autoridades culturales -en vez de escandalizarse por el mal uso de la lengua- a través de programas educativos, estaríamos en los albores de una revolución en la literatura con consecuencias muy positivas.
3.      Como llegué un poco tarde al WhatsApp, no tengo mucha familiaridad con algunas de sus potencialidades. Como ya lo he dicho, mantengo el formato epistolar tradicional: empiezo con un saludo formal, termino firmando con mi nombre y con una despedida educada; evito las abreviaciones innecesarias, el uso de caracteres que tienen otros significados, o repetir las letras o los apóstrofes para amplificar el sentido de una palabra (por ejemplo: “te extraño muuuuchooo!!!”).

Pero me queda claro que se me está yendo el tren al intercambiar con mis hijas usando los “emojis”. Ellas me explican que un mismo texto acompañado con una carita feliz, una triste, un dedo en alto (y depende si es el pulgar o el medio), un corazón o cualquier otro signo, cambiará radicalmente el mensaje. Si yo quise ser claro y dije algo con cierta contundencia, las mismas palabras pueden ser irónicas, graciosas, sinceras o denigrantes dependiendo del “emo” que las acompañe. Empiezo a utilizar algunos de esos signos para comunicarme con ellas, pero todavía no tengo la suficiente maestría.

El caso es que, como todos sabemos, la lengua está viva y se va modificando con los usos culturales locales, las generaciones, la tecnología. No queda más que estar atentos a los cambios y aprovecharlos, conscientes de que nos pueden traer gratas sorpresas si sabemos conducirlos. Termino con un diálogo con mi sobrina que, luego de una larga carta mía por WhatsApp donde me disculpaba por no podernos comunicar -ella vive en París-, sólo respondió: “holiii”, “yapi”, “tranqui”. Todo quedó claro.