lunes, 26 de febrero de 2018

Tres fotos para la portada de un libro


Hugo José Suárez 

Estoy en un dilema: tengo que elegir la portada del nuevo libro que estoy publicado en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Esta es la última parte del largo proceso de edición que puede durar entre dos o tres años, así que cuando llega el momento, es una gozosa culminación, la cereza del pastel.

 El documento en cuestión es un trabajo colectivo resultado de un coloquio que organicé en el 2015 sobre Bolivia y sus transformaciones actuales. Se llama ¿Todo cambia? Reflexiones sobre el ‘proceso de cambio’ en Bolivia y consta de 15 capítulos de académicos de distintos lugares. La idea del evento fue discutir qué estaba sucediendo en el país, o cuál era la profundidad y sentido de las mutaciones del Gobierno de Evo Morales. Pero tres premisas eran ineludibles: primero no se trataba de hablar desde una trinchera que incite a ver todo en blanco y negro; segundo, se debía evitar la especulación -por más lúcida y deslumbrante que se presente- y dar paso a la información empírica recolectada de manera sistemática e intencionada; tercero enfocarse más en los procesos culturales, las subjetividades, la vida cotidiana, en lugar de la economía o la política que normalmente acaparan todos los reflectores.

 El resultado fue el texto evocado, que luego de la dictaminación y edición -propios de la academia mexicana-, pronto -espero- saldrá a la luz (y ojalá que en Bolivia lo podamos compartir en la próxima Feria del Libro, perdón por la publicidad).

Decía que estoy en el momento de decidir la portada. En todos los libros que he publicado hasta ahora, he intentado darle a la fachada un toque especial, un sello personal. Normalmente, me gusta una foto limpia -o con muy poco retoque- que inunde todos los contornos, que se tome todo el espacio y cuyo contenido sea en sí mismo impactante, que atrape. Uno de los comentarios más elogiosos que recibí alguna vez fue el de una estudiante que me dijo que había comprado mi libro El sentido y el método -lamentablemente agotado- por la belleza de su tapa, y que después se había introducido en el contenido (que por suerte, me dijo, estaba a la altura).

 Estoy entre tres posibilidades -que compartí en mi muro de Facebook, gracias a todos quienes se inclinaron por alguna opción-: Primero, una cholita tomándose una selfi en la plaza Murillo. Su chompa es azul fuerte y su pollera elegante color perla, zapatos beige oscuro dentro del mismo estilo completamente a la moda. No porta sombrero ni manta, pero sí aretes dorados y una discreta cadena. Sostiene con su derecha el selfie-stick, y mira fijamente a su celular. Al fondo están petrificadas las estatuas en la plaza Murillo, el centro del poder político en Bolivia.

En la segunda foto, aparece a la izquierda una empleada doméstica de espaldas en San Miguel, dos trenzas gruesas caen por sus hombros, su pollera guinda es delgada, pareciera valluna y tiene sandalias sin medias nailon. Con sus manos sostiene una chamarra amarilla que todo indica que no es suya. En la parte derecha de la imagen, en la puerta blanca de un garaje está grafiteado un minions con uniforme de sirvienta inglesa del siglo XIX: vestido negro con encajes y moños elegantes, pequeño delantal claro, lazo blanco en la cabeza y plumero rosado. Sin duda que el vaivén de significados es contundente.

La tercera es un camión viejo, azul, delante del condominio Wiphala cuyos edificios tienen enormes murales de Mamani Mamani. También representa muchas cosas, transporte antiguo y funcional de trabajo de la construcción en primer plano (además, azul, lo que no es un detalle), y de fondo el multifamiliar estrella en El Alto cuyos murales fueron responsabilidad del artista del Estado por excelencia.

Las tres fotos podrían quedar, todas dibujan, argumentan y explican el contenido del libro desde lo visual. Ya les contaré cuál fue la elegida.



lunes, 12 de febrero de 2018

Mi biblioteca



Hugo José Suárez

Los intelectuales latinoamericanos tenemos una relación perversa con los libros. Crecí al abrigo de una biblioteca familiar nutrida y generosa que contrastaba con la pobreza de la calidad y cantidad de libros que había en algún estante perdido de mi colegio -jesuita pero extrañamente negado a la lectura que sólo valoraba el deporte y la química- o en el empolvado y descuidado espacio donde el municipio albergaba algún título. La impronta estaba clara: tenía que hacer mi propia biblioteca, y así fue.

Empecé a estudiar sociología en México a finales de los ochenta. Mi condición económica no me daba para adquirir los libros que necesitaba, por lo que constantemente acudía a las fotocopias y sólo en ocasiones especiales podía comprarme un impreso. Mal que bien, entre materiales que de distintas maneras llegaron a mi departamento -desde herencias hasta regalos- armé una biblioteca personal.

Cuando acabé mis estudios tenía que volver a Bolivia, y todos mis enseres debían entrar en dos maletas. Recuerdo -y mi columna me lo refrenda constantemente- que mi equipaje de mano pesaba como 20 kilos de puros libros, e intentaba cargarlo sin inclinar el cuerpo para que no se notara el peso al transitar los interminables pasillos del aeropuerto (años antes de la era de las rueditas en los maletines).

Ese tipo de episodios los viví en varios de mis traslados, sean migraciones internacionales o cambios de departamento. La pregunta siempre fue qué hacer con mis libros, cómo transportarlos y dónde acomodarlos. Antes de partir a México por segunda vez hace una década, habida cuenta que me iba con toda mi familia, tuve que seleccionar muy estrictamente qué me podía llevar. Todo lo demás quedó en cajas en un depósito en casa de mi madre. Cada vacación que vuelvo a La Paz, abro con nostalgia la puerta del cuartito donde están apiladas las hojas de hojas que alguna vez leí -y trasladé- y que ahora sólo esperan que, algún día, puedan encontrar un estante a la mano. Ya casi ni recuerdo todos los títulos que ahí me esperan.

El caso es que actualmente tengo tres bibliotecas. La primera es la de la bodega paceña. La segunda se ubica en mi casa en el campo, mantiene relativo orden pero la humedad destroza lentamente las hojas. La tercera, más a la mano, me rodea en mi escritorio en la UNAM.

Tener libros -y ser fetichista con ellos como es mi caso- se ha convertido en un karma. Mis bibliotecas no siempre son funcionales, me ha pasado más de una vez que busqué un texto con la certeza de que por ahí estaba sin que aparezca hasta meses después de haberlo necesitado; o peor, comprar un título que ya tenía.

El otro problema es dónde colocarlos y cómo ordenarlos. Un tiempo atrás un colega me llevó a su biblioteca y sufrí una envidia sincera: todos sus volúmenes estaban registrados en su computadora y cada texto acomodado en una construcción ad hoc al fondo de su casa, en dos pisos de madera elegante y un escritorio iluminado. Me presumió -en buena forma-: nos sentamos en su computadora, escribió mi nombre en un programa de computación, me dijo cuántos libros míos tenía y me indicó exactamente dónde estaban. Un sueño.

En mi caso, los libros me comen, intento tenerlos más o menos ordenados pero no siempre lo logro. Mis bibliotecas me sirven en el momento en que estoy trabajando algún tema particular, pero el espacio que ocupan y los kilos que representan -cargados en algún momento de mi vida-, no sé si valen la pena. Y ni les cuento cuando pienso en la utilidad en el futuro de tanto papel, ¿eso les heredaré a mis hijas? Envidio a mis colegas que viven cerca de fabulosas bibliotecas, acostumbrados a traer y llevar textos sin tener que poseerlos, reservando su espacio personal o profesional sólo para unos cuantos y muy selectos documentos.


Pero bueno, mal que bien, soy de la generación del papel. Con el mismo angustioso placer con el que como chicharrón pensando en el colesterol, compro libros cada que puedo, voy a mi casa, los abro, los huelo, leo partes, y luego no sé dónde ponerlos. No tengo más que escribir mis tensiones, finalmente para eso están las letras. 

Publicado en el Deber 11/02/2018

miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Y qué me cuenta del Perú?

Hugo José Suárez

Siempre me he preguntado por qué los paceños tenemos una relación tan distante con Lima y en general con el Perú. Cuando fui a Cuzco por tierra hace ya más de una década, comprendí que más que frontera, había una continuidad entre ambos países, la expansión de una misma cultura compleja con distintos rostros. Sin duda, una sola matriz. No pasa lo mismo con ninguno de nuestros vecinos, lo sabemos bien.

Unas semanas atrás conocí Lima poco antes de cumplir mis cincuenta años de vida. Desde joven había pasado por el aeropuerto internacional, de hecho mi primera salida al extranjero -hacia E.U.- fue por esa vía. Innumerables ocasiones estuve tentado de quedarme unos días, atravesar la puerta de ingreso en vez de detenerme en la sala de tránsito. Pero no, las razones para seguir mi rumbo sin interrupción siempre fueron mayores.

No entiendo la distancia que hemos creado con Perú. Los bolivianos conocemos más Buenos Aires que Lima, Santiago que Cuzco. Hace tiempo que debería haber programas sostenidos de intercambio y que la gran mayoría de paceños conozcamos Lima y viceversa. Hay una larga tradición histórica y cultural que deberíamos reforzar, somos, finalmente, dos caras de una misma medalla.

Decía que pude finalmente recorre Lima así sea a vuelo de pájaro. Debo aceptar que fue por razones de mercado -el precio de los pasajes bajaba si partía más tarde-, pero estoy contento de esos fabulosos empujones que a veces las compañías aéreas.

En mi corta estancia pude ver la formidable catedral, el Palacio de Gobierno, la Plaza San Martin y la zona de museos. También me subí a los autobuses entre el gentío y los movimientos muy similares a cualquier colectivo paceño. No más, sólo una miradita, aunque suficiente para tener certeza de que debo volver con mucho más detenimiento.

Lo más entrañable fue recorrer por el barrio de infancia de mi esposa, cuya familia salió exiliada en 1971 bajo la dictadura de Bánzer y vivió allá siete largos años esperando la caída del dictador. En ese tiempo hicieron amigos inolvidables, precisamente esta vez ellos, Juan Gargurevich y Pierina Liberti  nos alojaron en su casa (son de esas personas que uno agradece haberse encontrado en la vida). Comimos en el patio de su domicilio, ahí por donde pasaron tantos latinoamericanos y donde mi esposa todavía recuerda haber conocido a Benedetti cuando era niña.

Como no podía ser de otra manera, los Gargurevich nos regalaron dos libros notables: La razón. Crónica del primer diario de izquierda, del propio Juan, y La guerra senderista, de Antonio Zapata. El primer texto, que fue publicado por primera vez en 1977, analiza la faceta periodística de José Carlos Mariátegui y muestra cómo el diario La Razón le permitió un mayor contacto con sindicatos, luchas, huelgas, organización de mitines y construcción de un pensamiento marxista latinoamericano autónomo y lúcido. “A la vez -dice Gargurevich en el prólogo del 77 refiriéndose al sentido del libro- quiere ser una exhortación a los jóvenes periodistas a conocer la vida y huellas de aquel muchacho que de ayudante de linotipo llegó a ser director de un diario, grande en la historia, sin más fortuna que su empecinamiento y su talento. Y sin buscar más retribución que la revolución social”.

El libro de Antonio Zapata -publicado el 2017- analiza la dura experiencia de Sendero Luminoso. Lo hace con una claridad que se agradece; no levanta banderas ni las esconde, sobre todo privilegia la comprensión de un fenómeno buscando las razones y los puntos de vista cada quien y, de manera innegociable, tomando a las víctimas como el hilo de la interpretación.

En suma, mirar hacia nuestro vecino nos haría tanto bien. “¿Y qué me cuenta del Perú?” -frase que retomo de un diálogo en el libro de Gargurevich- debería ser una pregunta recurrente en nuestras conversaciones.