miércoles, 7 de febrero de 2018

¿Y qué me cuenta del Perú?

Hugo José Suárez

Siempre me he preguntado por qué los paceños tenemos una relación tan distante con Lima y en general con el Perú. Cuando fui a Cuzco por tierra hace ya más de una década, comprendí que más que frontera, había una continuidad entre ambos países, la expansión de una misma cultura compleja con distintos rostros. Sin duda, una sola matriz. No pasa lo mismo con ninguno de nuestros vecinos, lo sabemos bien.

Unas semanas atrás conocí Lima poco antes de cumplir mis cincuenta años de vida. Desde joven había pasado por el aeropuerto internacional, de hecho mi primera salida al extranjero -hacia E.U.- fue por esa vía. Innumerables ocasiones estuve tentado de quedarme unos días, atravesar la puerta de ingreso en vez de detenerme en la sala de tránsito. Pero no, las razones para seguir mi rumbo sin interrupción siempre fueron mayores.

No entiendo la distancia que hemos creado con Perú. Los bolivianos conocemos más Buenos Aires que Lima, Santiago que Cuzco. Hace tiempo que debería haber programas sostenidos de intercambio y que la gran mayoría de paceños conozcamos Lima y viceversa. Hay una larga tradición histórica y cultural que deberíamos reforzar, somos, finalmente, dos caras de una misma medalla.

Decía que pude finalmente recorre Lima así sea a vuelo de pájaro. Debo aceptar que fue por razones de mercado -el precio de los pasajes bajaba si partía más tarde-, pero estoy contento de esos fabulosos empujones que a veces las compañías aéreas.

En mi corta estancia pude ver la formidable catedral, el Palacio de Gobierno, la Plaza San Martin y la zona de museos. También me subí a los autobuses entre el gentío y los movimientos muy similares a cualquier colectivo paceño. No más, sólo una miradita, aunque suficiente para tener certeza de que debo volver con mucho más detenimiento.

Lo más entrañable fue recorrer por el barrio de infancia de mi esposa, cuya familia salió exiliada en 1971 bajo la dictadura de Bánzer y vivió allá siete largos años esperando la caída del dictador. En ese tiempo hicieron amigos inolvidables, precisamente esta vez ellos, Juan Gargurevich y Pierina Liberti  nos alojaron en su casa (son de esas personas que uno agradece haberse encontrado en la vida). Comimos en el patio de su domicilio, ahí por donde pasaron tantos latinoamericanos y donde mi esposa todavía recuerda haber conocido a Benedetti cuando era niña.

Como no podía ser de otra manera, los Gargurevich nos regalaron dos libros notables: La razón. Crónica del primer diario de izquierda, del propio Juan, y La guerra senderista, de Antonio Zapata. El primer texto, que fue publicado por primera vez en 1977, analiza la faceta periodística de José Carlos Mariátegui y muestra cómo el diario La Razón le permitió un mayor contacto con sindicatos, luchas, huelgas, organización de mitines y construcción de un pensamiento marxista latinoamericano autónomo y lúcido. “A la vez -dice Gargurevich en el prólogo del 77 refiriéndose al sentido del libro- quiere ser una exhortación a los jóvenes periodistas a conocer la vida y huellas de aquel muchacho que de ayudante de linotipo llegó a ser director de un diario, grande en la historia, sin más fortuna que su empecinamiento y su talento. Y sin buscar más retribución que la revolución social”.

El libro de Antonio Zapata -publicado el 2017- analiza la dura experiencia de Sendero Luminoso. Lo hace con una claridad que se agradece; no levanta banderas ni las esconde, sobre todo privilegia la comprensión de un fenómeno buscando las razones y los puntos de vista cada quien y, de manera innegociable, tomando a las víctimas como el hilo de la interpretación.

En suma, mirar hacia nuestro vecino nos haría tanto bien. “¿Y qué me cuenta del Perú?” -frase que retomo de un diálogo en el libro de Gargurevich- debería ser una pregunta recurrente en nuestras conversaciones.



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