miércoles, 28 de marzo de 2018

Merlí. Otra manera de filosofar



Hugo José Suárez

He dicho que me encantan las series, y que concuerdo con Vargas Llosa cuando afirma que en ellas la televisión encontró su soporte narrativo. La última en la que estoy metido es la catalana Merlí, que trata sobre un profesor de filosofía de últimos años de un colegio público en Barcelona.

Tengo tres décadas en las aulas universitarias, unas veces como alumno y otras como profesor, y la verdad considero apasionante mi oficio. Muchas veces me he preguntado por qué la vida de un detective, de un narco, de un viajero o de un político merecen más reflectores que la de un profesor. Pienso que una clase puede ser más entretenida que un viaje a la selva, que un seminario puede ser tan atrapante como una trama policial. Merlí nos recuerda que un instituto educativo, con estudiantes, laboratorios, bibliotecas, profesores, es un barco repleto de aventuras inagotables.

Además, el encanto del profesor tan carismático como irreverente, está en vincular sus clases y los autores con las situaciones concretas de los protagonistas. La filosofía pareciera salir de los libros y nombres rimbombantes y se encarna en la cotidianidad. La mentira, la política, la muerte, el consumo, el deseo, dejan de ser temas controlados por los especialistas y aterrizan en la historia de la gente.

La serie no es ingenua, muestra también el conflicto y las contradicciones de los adolescentes, los humores, las furias, las pasiones, las tensiones familiares, las pérdidas y los excesos. De alguna manera deja ver algunos rasgos de lo que supongo es la actual sociedad catalana. Por ejemplo, en la escuela pública confluyen grupos sociales distintos, desde quienes tienen una economía muy estable y cómoda, hasta los que sufren el día a día teniendo que trabajar horas extra para sostener el estudio. Parecería que el espacio educativo permitiera el encuentro de posiciones sociales diferentes, lo que es impensable para muchos países latinoamericanos. También se ve el estilo de vida urbano, la mayoría habita en departamentos que se diferencian por sus comodidades o su lujo, pero pocos tienen coche y casi nadie vive en casa. Las familias son diversas, con presencia fuerte de los padres.  Todos luchan por la sobrevivencia en un mundo laboral incierto pero no dramático.

Uno de los aspectos que más he disfrutado de la serie es el sexo. Despojados tanto de cualquier culpa católica, como de imperativos morales muy de moda en la actualidad que pretenden regular el comportamiento sexual, las relaciones fluyen en todos los sentidos sin juicios en ninguna dirección. Todos (mujeres y varones, alumnos y profesores, homosexuales y heterosexuales, viejos y jóvenes) se sienten con derecho de proponer sin ser estigmatizados, y de ejecutar sin cargar una etiqueta. Osar y gozar van de la mano. El resultado es fabuloso: los estudiantes transitan unos con otros, los profesores entre ellos hacen lo suyo, padres de familia con profesores, algún adolescente con la madre de su colega, o una guapa historiadora que se engancha con el empleado encargado del mantenimiento del edificio. Y todos los lugares son apropiados: los salones, los baños, las salas de juntas, las oficinas, las bodegas. Aunque me puedo equivocar y tener una visión muy superficial, me da la impresión de que el tema de la sexualidad se lo enfrenta desde otro lado, desprovistos de cualquier ideología que pretenda regular y normar el deseo y ansiosa de encontrar culpables a quiénes condenar; pero todo, claro está, en un clima de respeto innegociable al otro, a su voluntad y su libertad de aceptar o rechazar cualquier oferta.

En fin, conocí Barcelona hace más de treinta años. Mientras vivía en Bélgica y hacía mi doctorado, tuve que ir a entrevistar a ex sacerdotes que en los años sesenta fueron a Bolivia en misión religiosa. Fue un fabuloso descubrimiento, empezando por entender que ahí no se habla castellano y que su relación con España es tensa y compleja. Todo indica que es tiempo de volver por esos rumbos.


Publicado en El Deber 25/03/18

Bolivia y México




Hugo José Suárez

La semana pasada tuve el gusto de presentar en la Feria del Libro del Palacio de Minería en México, el libro Pensando Bolivia desde México, Estado, movimientos, territorios y representaciones, coordinado por Guadalupe Valencia, Bories Nehe y Cecilia Salazar (UNAM-CIDES, 2016).

La relación entre ambas naciones tiene larga data, y considero que México es el país quién más ha influido en la formación del pensamiento social boliviano. El vínculo adquiere distintas formas y tiempos. Hay que recordar que en 1940 Bolivia estuvo representada en el Congreso Indigenista Interamericano en Pátzcuaro (Michoacán), que Diego Rivera fue invitado por Víctor Paz para visitar el país y que Alandia Pantoja expuso en la Sala Internacional del Palacio de Bellas Artes en 1957.

Otro episodio fundamental fue la época del exilio en los 70. Decenas de bolivianos fueron acogidos en México, muchos de ellos con notable éxito profesional. Los departamentos de los exiliados se convirtieron en lugares de seminarios espontáneos donde se discutía y trazaba el destino del país. No se puede pasar de largo la importancia de René Zavaleta, Marcelo Quiroga, Cayetano Llobet, Mario Miranda o Carlos Toranzo y tantos más.

En los noventa, cuando yo llegué a estudiar la licenciatura, el escenario había cambiado. La comunidad boliviana estaba nutrida por estudiantes clasemedieros de distintas disciplinas, aunque todavía había resabios de intelectuales de la generación anterior. En ese período, estudiaron en las universidades mexicanas intelectuales que luego se convertirían en referencia como Luis Tapia, Fernando Mayorga, Alvaro García, Raúl Prada, etc.

El cambio cualitativo fue sin duda a partir del 2006 con la victoria electoral de Evo Morales. Su imagen fue la portada de diferentes periódicos, se realizaron decenas de eventos de solidaridad con Bolivia, coloquios académicos, publicación de revistas, artículos de periódico, libros científicos. Incluso un partido político local publicó la biografía de Evo, lo que se remató con su visita en el 2010.

Si bien antes del 2006 había varias tesis de maestría y doctorado sobre Bolivia, la mayoría estaban hechas por estudiantes bolivianos; a partir de esa fecha el proceso del país se convirtió en un objeto de estudio para universitarios de varias nacionalidades. En la actualidad hay muchas investigaciones en diferentes casas de estudio dedicadas a comprender lo que sucede en el país. Bolivia es tan conocida que, cuando fui a un médico unos días atrás, al saber mi país de origen me preguntó: “¿y usted qué piensa de Evo Morales?”

El libro que menciono hay que ponerlo en esa larga tradición de intercambio entre Bolivia y México, pero con la particularidad de que es el resultado de una relación institucional estable y fructífera. Hace más de una década, el CIDES-UMSA firmó un convenio de colaboración con la UNAM. Muchos profesores visitaron regularmente La Paz (entre ellos, Guadalupe Valencia, una de las coordinadoras), estudiantes bolivianos se inscribieron en el posgrado de estudios latinoamericanos de la UNAM y becarios mexicanos conocieron Bolivia. Se estableció un fabuloso intercambio que dio muchos frutos.

Uno de los resultados es precisamente el volumen en cuestión que cuenta con 17 capítulos de personas que pasaron por las aulas de Ciudad Universitaria. El documento está dividido en cuatro partes: la transformación del Estado y el “proceso de cambio”, la cuestión de las identidades en los movimientos indígenas y populares, territorios nuevos y territorios reconstituidos, representaciones culturales y reflexiones teóricas sobe la realidad boliviana. Cada capítulo se detiene en una parcela de la realidad que va desde la propuesta reconstitución del ayllu de la CONAMAQ, hasta los migrantes en la industria de la moda en Sao Paulo, pasando por la influencia de Trotsky en Zavaleta o el análisis de los intelectuales en octubre del 2003. Corona el texto la excelente introducción a cargo de los coordinadores que permite entender los momentos sociopolíticos de cada país, y ofrece una interpretación lúcida, equilibrada y crítica del “proceso” y sus contradicciones.

En la presentación en el Palacio de Minería, donde me impresionó la presencia de estudiantes adolescentes, Gaya Makaran, una de las comentaristas, reflexionaba sobre el interés por Bolivia, y afirmaba que al principio el gobierno de Evo Morales fue una fuente de inspiración al ver que los movimientos sociales se habían convertido en los conductores de la historia, pero con los años el “el proceso de cambio” devino en una fuente de advertencia de cuáles son los pasos que no hay que seguir. No estoy seguro de compartir íntegramente su diagnóstico, pero tiene mucho de verdad. Habrá que preguntarse dónde quedó la esperanza, cuándo se diluyó la creatividad y el espíritu renovador y se instaló la tentación de la inmortalidad. Cuándo dejamos de ser un faro y nos convertimos en estatua.

En suma, Pensando Bolivia desde México, es un libro indispensable en el estante de quienes cruzamos repetidas veces el puente entre dos países extraordinarios.


Publicado en el Deber 11/03/2018