miércoles, 16 de mayo de 2018

El fotógrafo (Guibert/ Lefèvre/ Lemecier)


Hugo José Suárez

Didier Lefèvre se marchó a Afaganistán para documentar una misión humanitaria en plena guerra entre soviéticos y muyahidines. Guibert y Lemercier armaron un bello libro.



Es un cómic difícil de clasificar. El libro fue publicado primero en francés en 2010, luego en varias lenguas y en castellano en 2015 (Astiberri Ediciones). El personaje principal -Didier- es un fotógrafo que tiene que realizar un reportaje para la institución Médicos Sin Fronteras (MSF) en un arriesgado viaje de Afganistán a Paquistán a mediados de 1986, en plena intervención rusa. La historia cuenta con crudeza lo difícil del desplazamiento a pie acompañados de guías, caballos y mulas; la llegada a poblaciones de acceso accidentado. La ruta es dura tanto por las condiciones climáticas y geográficas (perder el sendero implica perder la vida) como por la guerra que dejó campos minados por todos lados. Es muy común encontrarse con viajeros fuertemente armados y escuchar bombardeos cercanos. El objetivo de los funcionarios de MSF es llegar a Chitral, una pequeña población paquistaní en el corazón del conflicto. Su misión es atender a decenas de heridos de guerra con insumos básicos. La tarea de Didier es registrar el viaje fotográficamente.
Con eso en mente, cámara en mano, Didier realiza más de 4.000 tomas en decenas de cartuchos. Hay que recordar que es el tiempo de la fotografía analógica –lo digital prácticamente no existe-, que implica trabajo manual y cuidado de cada uno de los aparatos para capturar una imagen, revelarla y finalmente imprimirla.

El cómic no fue concebido desde el inicio del proyecto, más bien fue una elaboración posterior. Con el enorme cuerpo de fotografías, Guibert y Lemercier hicieron equipo: uno se encargó de los textos y los dibujos, y el segundo de las maquetas y los colores. Armaron una narrativa muy particular en la que el viaje de Lefèvre es, por supuesto, el hilo conductor.

El experimento narrativo es extraño pero bien logrado. Está lejos de las fotonovelas aburridas y forzadas a las que estábamos acostumbrados. La historia propiamente dicha se la cuenta con realistas viñetas a color donde intercambian los personajes; las fotos –en blanco y negro- entran cuando se quiere mostrar lo que Didier miró. El texto que las acompaña está en primera persona, complementando la reflexión del viajero y conduciéndonos a los lectores al escenario. Las tomas se las enseña en distintos tamaños, a veces más grandes, otras se reproduce íntegramente la tira de contactos. A menudo se encuadra la foto que se quiere resaltar a mano con plumón rojo, a la vieja usanza de quienes identificaban la toma correcta con un lápiz especial, en el tiempo del cuarto oscuro y de los negativos. El efecto es de un realismo que a veces espanta: en algún cuadro se narra una operación a un herido de bala, en otro el dolor de un niño con la mano quemada.




Publicado en Diario Página Siete 13 de mayo del 2018

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